Errores de la Historia: El Bautizo de América

MAPA HISTÓRICO 1606-America-Joducus-Hondius

El Bautizo de América:

La historia de una equivocación que ha cumplido cinco siglos

La desfiguración de una carta que cambió para siempre uno de los nombres de la Tierra

Por José Ramón González Chávez 

Si -como el griego afirma en el Cratilo- “el nombre es arquetipo de la rosa”, el continente que habitamos debería llamarse Colombia. Lo que en el siglo XVII se consideró una de las peores injusticias de la historia, comenzó a gestarse, sin embargo hace aproximadamente 500 años, en mayo de 1499, cuando entre los colores blancos y azules del puerto de Cádiz el navío comandado por el capitán Alonso de Ojeda empezó a perderse en el solitario Atlántico.

Los resultados de aquel viaje, que cambió para siempre la idea que el hombre tenía de la Tierra, deben comenzar a rastrearse en realidad en 1503, cinco años después de que en su tercer viaje, el más infortunado de los navegantes, Cristóbal Colón, llegará a Venezuela, Trinidad y el Río Orinoco; tres años antes de que el propio Colón, descubridor de América, muriera sin honores, ni riquezas, ni cargos. Es decir, exactamente en el año en que por las principales ciudades de Europa comenzó a circular un puñado de hojas impresas con el título de Mundus Nuvus, escritas en forma de carta por un oscuro comerciante: Americus Vesputius.

La de Vesputius era una carta semejante a todas las que en aquella época solían redactar, soporíferamente, pilotos y cartógrafos.

Estaba dirigida al comerciante florentino Lorenzo de Médicis y contenía la relación de un viaje que por orden del rey de Portugal, Vesputius había realizado a principios de 1501. En todo caso, fue leída con la misma sorpresa con que hoy se recibiría el descubrimiento de un planeta ubicado, digamos, entre la Tierra y Marte.

El autor afirmaba haber zarpado de Lisboa, atravesado el Cabo Verde y desembarcado no en las Indias, si no en tierras hasta entonces desconocidas: un territorio informe que flotaba entre Asia y Europa, y en el que los hombres aún vivían con inocencia; una selva virgen que prodigaba frutos desconocidos y especies que no habían podido soñar los copistas que ilustraron los bestiarios medievales.

“…Nuestros antepasados creían que al sur del equinoccio no había tierra firme”, escribió Vesputius, “sino sólo un mar infinito y aun los que admitían la posibilidad de que por allí se encontrara un continente, tenían diversas razones para suponerlo inhabitable. Por mi viaje he comprobado que aquella opinión es errónea, puesto que al sur del ecuador llegamos a una tierra nueva, que encontramos ser tierra firme. Conocimos que aquella tierra no era isla, sino continente. Yo descubrí un continente habitado por más multitudes de pueblos y animales que nuestra Europa…”.

Antes de la publicación de Mundus Nuvus, la apertura de un nuevo camino a las Indias sólo interesaba a reyes y comerciantes. La noticia del descubrimiento realizado por Vesputius, en cambio excitó a la cristiandad, puso en serios aprietos a teólogos, eruditos y filósofos y despertó el interés de legiones de cartógrafos, geógrafos y aventureros.

Vesputius prometía entregar los detalles de aquel viaje en un documento que a la sazón, todavía se encontraba redactando. Cuando un año después apareció la célebre Carta de AméricoVespucio sobre las islas recién halladas, Europa entera se entregó a la lectura del documento que tiempo después iba a determinar que América fuera bautizada, precisamente, de ese modo. El relato decía que Vesputius (Vespucio, para nosotros) había realizado cuatro viajes entre 1497 y 1504; que en el primero había partido de Cádiz en mayo de 1497, viajado con rumbo a occidente hasta tocar tierra firme “en 16 grados de latitud norte y 90 grados de longitud oeste” y regresado a España el 15 de octubre de 1498.

Aquello significaba que el mundo estaba equivocado. Que la gloria del descubrimiento del Mundus Nuvus no correspondía al Almirante Colón (quien si bien divisó la isla de Guanahaní en octubre de 1492 no pisó tierra firme si no hasta mayo de 1498), sino a un desconocido que se le había adelantado por seis meses y que había comprendido, además, lo que escapara al ofuscado Almirante: que aquellas tierras no eran las Indias, sino un Nuevo Mundo.

Los historiadores no describen sino pálidamente lo que la carta de Vespucio provocó en las cortes europeas. En todo caso, en 1507, un año después de que Colón muriera vencido y humillado, el geógrafo alemán Martín Waldseemülleer público una Introducción a la Cosmografía en la que sugirió que, dado que la cuarta parte del mundo había sido descubierta por Américo Vespucio, “y puesto que Europa y Asia han recibido nombres femeninos, el nuevo continente bien podría llamarse América”.

El libro de Waldseemüller, que contenía la trascripción de las cartas de Vespucio se agotó rápidamente. Según algunos investigadores, incluso fue necesario imprimir dos ediciones en un mismo día.

“Apenas el público se enteró de la insinuación –cuenta el escritor austriaco Stefan Zweig-, la aceptó con entusiasmo. El nombre de América comenzó a figurar por todas partes, en todos los globos, las láminas de acero, los libros y las cartas…”.

Desde entonces, en los libros del siglo XVI, Américo Vespucio apareció como el verdadero descubridor del Nuevo Mundo, Colón, en cambio, como el hombre que solo había descubierto un signficante puñado de islas.

Las cosas recobraron su sitio mucho tiempo después, cuando el atroz redentor fray Bartolomé de las Casas supo que América no se llamaría Colombia.

Las casas, había llegado a las Indias en 1502 y vivido en ellas hasta 1547. Era probablemente el hombre que en el Nuevo Mundo más cosas sabía del cielo y la tierra. Entre ellas, que Colón había sido el primero en pisar el continente, por lo que los informes de Vespucio le parecieron un descarado intento por arrebatar el honor y la gloria que sólo le correspondían al Almirante. Lleno de cólera, inició una investigación que lo llevó a descubrir las cartas de Vespucio que estaban plagadas de inexactitudes: que no podía haber desembarcado “en 16 grados de latitud norte y 90 grados de longitud oeste”, como decía, estas coordenadas correspondían a una región apartada a la costa, en el interior de Honduras; que en Portugal no existían indicios de los viajes que Vespucio decía haber realizado al servicio del rey y que contra lo que falsamente afirmaba, no había desembarcado en el continente en 1497, si no hasta 1499, mucho tiempo después de que Colón desembarcara en Venezuela.

Las Casas descubrió algo peor: que en 1497, lejos de arriesgar la vida explorando los mares del Nuevo Mundo, Vespucio estaba cómodamente instalado, realizando negocios para una casa comercial de Sevilla y fraguando el alud de mentiras que en unos cuantos años lo habían llevado a la fama.

Las investigaciones de Las Casas volvieron a sacudir Europa. Vespucio, que había pasado a los libros como cartógrafo ilustre y navegante esforzado, se convirtió, durante el siglo siguiente, en una hiena de la gloria, el más vil de los usurpadores. En 1627, se sugirió, incluso, que su nombre fuera borrado de mapas, globos y libros.

En el siglo XVIII, sin embargo, un inesperado hallazgo provocó que las cosas volvieran a cambiar. Todo comenzó la tarde en la que el anticuario Francisco Bartolozzi halló accidentalmente tres cartas que Vespucio había dirigido a Lorenzo de Médicis. Aunque básicamente eran las mismas que aparecían en la Carta de Américo Vespucio poseían un carácter completamente distinto. Especialmente por que Vespucio no afirmaba haber realizado el viaje en 1497 sino en mayo de 1499 y sobre todo, porque en ellas no reclamaba para sí la gloria de ningún descubrimiento.

Con todo, la historia no término de escribirse si no hasta 1924, cuando un investigador italiano comprobó que tanto Mundus Nuvus como la Carta de Américo Vespucio “…no habían sido redactadas por este comerciante florentino, si no por una pareja de editores que no habían tenido empacho en desfigurar los textos originales para ofrecer al público un mixtum compositum de verdad y mentira y obtener ganancias espectaculares…”.

Américo Vespucio murió en 1512, sin saber que sus cartas iban a provocar dos siglos de disputas y confusiones. Sin saber que, involuntariamente, se había adueñado del continente que, cinco siglos después, todavía seguiría llevando su nombre.

 

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