Poder Público, Comunicación y Política Cultural

PODER PÚBLICO, COMUNICACIÓN Y POLÍTICA CULTURAL

Por José Ramón González Chávez

Abstract.

El poder y la política se resuelven en el proceso de construcción de la mente humana a través de la comunicación. En el tipo de sociedad en que vivimos, los medios de comunicación de masas son decisivos en la formación de la opinión pública, que condiciona la decisión política y por ende la cultura social.

Hoy más que nunca, la política es sobre todo política mediática, lo cual tiene consecuencias importantes sobre la política misma, ya que conduce a su personalización y a la subcultura política del escándalo.

La comunicación de masas y la comunicación política están siendo transformadas por las Tecnologías de Información y comunicación (TICs) primordialmente por la Web 2 y la comunicación inalámbrica. El surgimiento de lo que es denominado por Manuel Castells la autocomunicación de masa (redes sociales) abre el abanico de influencias en el campo de la comunicación y la cultura.

Al permitir una mayor intervención e interacción de individuos y grupos, acompañar a los movimientos sociales y a las políticas alternativas; pero también los políticos, las empresas, los gobiernos, los organismos globales, los entes de control geopolítico, intervienen cada vez más en la red con las mismas herramientas. De ahí que se presente necesariamente una gama muy amplia de tendencias sociales, contrapuestas y hasta contradictorias, expresadas en los medios de comunicación de masas, convencionales y nuevos. Las decisiones políticas y gubernamentales consideran cada vez más el espacio de comunicación multimodal, pudiendo llegar a afirmar que en la sociedad en que vivimos, el poder es cada vez más el poder de la comunicación.

¿Cómo asimilar estos procesos en la transformación cultural de nuestra sociedad?

¿Cómo encaminarse hacia una normalidad democrática en cuanto al uso de las nuevas tecnologías y las redes y hacia un entorno equilibrado entre oferentes y consumidores político electorales?

¿Cómo crear políticas públicas y gobernanza efectivas ante tal panorama?

Introducción.

A lo largo de la historia, la comunicación y la información han constituido la arena donde se ha desarrollado una gama muy amplia y compleja de enfrentamientos entre poder y contrapoder.

Aunque la coerción y el miedo han sido desde tiempos inmemoriales fuentes decisivas para que los dominantes impongan su voluntad a los dominados, pocos sistemas institucionales han durado mucho cuando se han basado de manera preponderante en una represión aguda. Poco a poco se han dado cuenta que torturar cuerpos es menos efectivo que persuadir, que modelar mentes; y de hecho más útil, teniendo en cuenta que la forma de pensar de una comunidad, la cultura social, influye sustancialmente en el diseño y operación de las normas, prácticas y valores sobre los que se construyen sus instituciones fundamentales.

Si a partir de este nuevo paradigma la mayoría de la gente ve transformada su manera de pensar respecto de los valores, normas y prácticas institucionalizados en el sistema jurídico y político, tarde o temprano el sistema cambiará, aunque no necesariamente para colmar las esperanzas de los agentes del cambio social y no necesariamente sin dolor. Es así que puede comprenderse la evolución de la praxis política basada en la personalidad, íntimamente ligada a la evolución de la política electoral y de gobierno que presenciamos con toda claridad en nuestros días.

En este juego, medios, grupos y actores políticos y sociedad participan e interactúan y contribuyen a la confección de la cultura política actual, pudiendo ser analizados y comprendidos en lo individual y en su conjunto:

1) Los Medios.

La hipermodernidad ha permeado la política y en consecuencia adopta como premisa principal de su nueva estructura argumentativa un principio básico en comunicación: el mensaje más poderoso es un mensaje sencillo adjunto a una imagen, ya sea gráfica o conceptual, y precisamente en política, el mensaje más sencillo es un rostro humano. De ahí que la política mediática tienda a la personalización de políticos que puedan vender su imagen adecuadamente, junto, claro está, a ciertas ideas-valor, lo que lejos de ser trivial, constituye un elemento sustancial si queremos comprender de qué va la cosa en las campañas electorales contemporáneas.

En este orden de ideas, la credibilidad, la confianza y el personaje se convierten en cuestiones primordiales a la hora de definir el resultado político, y por ende, la destrucción de la credibilidad y el asesinato –mediático- del contendiente, se convierten en las armas políticas más poderosas.

El Homo Videns político, es la encarnación simbólica de un mensaje de confianza alrededor de su personaje, arropado por ciertos valores. Cada vez más en la resolución de la contienda política electoral, el segmento de votantes independientes o indecisos decanta a través de los medios la balanza entre la derecha, los centros y la izquierda. Por ello, aunque existan diferencias sustanciales entre partidos y candidatos, generalmente los programas y las promesas de campaña se confeccionan por compañías publicitarias y consultores de marketing político, suficientemente flexibles para actuar de manera camaleónica de acuerdo al cliente en turno[1], para adaptarse al centro y a los indecisos, es decir, al voto útil.

Desde el primer debate televisado entre candidatos presidenciales (Kennedy – Nixon, 1961, hace más de 50 años) y hasta la fecha, muchos sistemas, líderes y actores políticos en todo el mundo se han visto sacudidos e incluso han sido destruidos a partir de una sucesión constante de escándalos mediatizados. Sistemas, partidos y políticos que parecían atrincherados sólidamente en el poder durante décadas, se han derrumbado, arrastrando en su desaparición el régimen que construyeron. En la mayoría de ellos, el tema mediático preferido de la caída ha sido la corrupción política.

El escándalo político se ha venido sofisticando a tal grado que ahora los medios son capaces de dosificarlo, hacerlo crecer poco a poco, modularlo, añadirle veracidad o ficción de acuerdo al rating, arrinconando a cada político o grupo de políticos hasta llevarlo eventualmente al clímax de un enjuiciamiento por parte de los poderes legislativo y/o judicial, cuyos miembros también negocian con los medios, garantizando su independencia a cambio de protección, luchando juntos por la democracia al tiempo que dosifican ellos también la filtración de información para ser publicada. Así, una vez acorralado, cada actor o grupo político es orillado a hacer un trato con los medios, con lo cual se cierra el ciclo y se retroalimenta el sistema.

Esto no significa que la dinámica del poder esté 100% a cargo de los medios[2]; los actores políticos ejercen también una considerable influencia sobre ellos. El actual formato “Carrusel” de estaciones de radio, canales de televisión y periódicos en línea, donde las noticias dan vuelta continuamente las 24 horas, aumenta la importancia de los políticos para los medios de comunicación, pues estos tienen que nutrirse permanentemente de nuevos contenidos.

2) Los políticos.

Según sondeos realizados en 2000 y 2002 por la ONU y el Foro Económico Mundial, dos tercios de los ciudadanos del mundo creían que su país no estaba gobernado según la voluntad del pueblo. Esto explica en parte por qué en todo el mundo, la mayoría de la población tiende a votar en contra de más que a favor de, eligiendo el menor de males, antes que la mejor de las propuestas. Esto obliga a que el candidato, una vez convertido en gobernante, deba presentarse en los medios buscando el apoyo -o al menos, la mínima hostilidad- de los ciudadanos, que en el mercado político mediático, permeado de hipermodernidad, se erigen más bien en consumidores.

Aunque la crisis de la legitimidad política en general no puede ser atribuida exclusivamente a los escándalos políticos y a la política mediática, tarde o temprano, los escándalos propician el escepticismo hacia la política formal y provocan el desencadenamiento de algo sin creencia, sin compromiso, que se declara a sí misma como la única solución y se auto denomina “el cambio político”, cuya conceptualización y forma de convertirse en hechos son poco o nada definibles.

3) La Sociedad.

Los ciudadanos no leen los programas de los partidos, ni los de los candidatos; prefieren confiar en la información que los medios dan de ellos. Al final, su decisión de voto estará en función de aquel que les produzca mayor confianza. Por lo tanto, el candidato o mejor dicho su personaje proyectado en los medios, pasa a ser esencial; porque los valores a los que se asocia – y que es lo que más importa a la mayoría de la gente- están encarnados en él independientemente de las ideologías y de las propuestas que pudieran estar a su derredor.

Tampoco el público se limita a seguir todo lo que le dicen los medios. Recordemos que los medios ganan más mientras más audiencia tengan, así que hay que cautivar y mantener la atención del público, siendo siempre creíbles, y este es justo el entorno en que se da entre ellos la lucha por el “Rating”. Cada medio crea y proyecta sutilmente un modelo de comunicación propio corporativo, que si no anula, sí merma drásticamente la autonomía de sus periodistas y redactores, que ven acotado su abanico de opiniones y temas políticos sobre los que informan, por los expresados dentro de la línea dominante en la compañía, casi siempre carentes de contenido, pero con un peso muy importante en el proceso de masificación informativa definido meramente por los hechos, por la coyuntura, por el escándalo.

¿Por qué está pasando esto? ¿Los sistemas y los actores políticos actuales son los más corruptos de la historia de la humanidad? Por supuesto que no. El uso y abuso del poder en beneficio personal o de un grupo ha sido una actitud connatural al ser humano como ente social. De hecho, debemos recordar que la democracia se inventó –parafraseando a Montesquieu- como una manera –si no la mejor, la más viable de las disponibles- de controlar al poder.

Información y Poder.

En la época en que el Monarca y los grupos de poder controlaban la información y su acceso, la maquinaria del sistema político se aceitaba de manera vertical y oficiosa, a espaldas de la sociedad.

Posteriormente, al aparecer los sistemas políticos ilustrados, la denuncia de corrupción se convirtió en una buena muestra del nivel democrático de un pueblo, manifestada gracias a la libertad de prensa, expresión del derecho a la información, consagrado desde las primeras constituciones liberales.

Pero en épocas recientes, aun con sistemas formalmente democráticos, se han presentado y expuesto públicamente estos sucesos de corrupción incluso con una intensidad creciente. Baste mencionar el Partido Demócrata Cristiano en Italia que sustituyó al modelo fascista; el Partido Democrático Liberal Japonés sustituto del modelo imperial tradicional, que en ambos casos fueron imposiciones del gobierno norteamericano, que con tal de evitar la contaminación comunista se hizo el ciego y sordo ante los vínculos del primero con la Mafia y del segundo con la Yacuza (algo similar a lo que sucedió, por ejemplo, en Libia). Pero también en su propia casa, baste recordar el caso Watergate, el asunto Irán-Contras y recientemente el operativo “Rápido y furioso”, solo por citar enunciativamente algunos ejemplos de corrupción al interior del gobierno.

Los Medios.

En el contexto de la interacción vectorial mencionada arriba, independientemente de la legitimidad o certeza de las denuncias de corrupción, el mecanismo de mercado informativo juega también sus juegos sucios, sus abusos y corruptelas. Se ofrece información sin fundamentos ni pruebas; cuando no se encuentra información suficientemente poderosa para desacreditar a un político o un grupo por su gestión, se acude a otras posibles fuentes de escándalo como los rumores, la sospecha, la conducta sexual, los hábitos dudosos, incluso a la invención; el escándalo va encima del hecho, con un consecuente daño político, a veces irreversible, pasando por encima de las estructuras y normas del propio sistema jurídico y aun del paradigma del pretendido Estado Constitucional (caso Anonymous – Zetas).

Analizando esta relación entre sistema democrático, información, medios y cultura política, podemos percibir un nexo directo entre el avance en el acceso material a la información, la diversidad y cobertura de medios y la ventilación pública cada vez mayor de actos de corrupción de los individuos y grupos de poder, no solo en el ámbito político, también en el económico, en el religioso, en el social. La diferencia es que ahora tienen un efecto cada vez más devastador en los sistemas y actores políticos y en los grupos de poder, sobre todo, a partir de la aparición de la Internet2 a lo que se ha venido a añadir el surgimiento de las llamadas Redes Sociales.

Cabría preguntarse, ¿por qué?, ¿para qué?

Para acercarnos a la respuesta debemos considerar diversos factores estructurales macropolíticos que contribuyen a la conformación del nuevo paradigma:

1) El Estado, considerado desde el surgimiento del Estado Nacional como el centro del poder, está siendo desafiado en todo el mundo. La aparición del Mundo Unipolar, cuyo símbolo mediático es la famosa caída del muro, trajo en consecuencia un intenso proceso de Reingeniería Geopolítica y con ella, el rediseño del concepto Globalización, quejunto con la narco economía política y las presiones del mercado hacia la desregulación, so pretexto de rendir culto a esa globalización, han debilitado los sistemas políticos nacionales, limitando la toma de decisiones soberanas y haciéndolos más vulnerables ante la confusión creada mediante líneas de opinión pública cada vez más abstractas y multidimensionales;

2) Las industrias culturales de la información y los medios corporativos se están caracterizando por la concentración empresarial y la segmentación del mercado, dirigiéndose hacia una competencia oligopólica extrema, a una distribución personalizada de mensajes y al establecimiento de redes verticales de la industria multimedia, dirigidas en las campañas electorales a forzar las estadísticas hacia el emparejamiento entre contendientes, a fin de generar más expectativa y producir y mantener el mayor Rating posible.

3) La oposición entre lo individual y lo comunitario define la cultura de las sociedades, al mismo tiempo que la construcción de las identidades funciona en una mecánica multidimensional, donde en un primer vector, la historia, el presente y el futuro; en un segundo, el contexto a la vez individual, local, nacional, internacional y planetario; y en un tercero en los aspectos económico, político y social, convergen de manera euclidiana, como un todo, constituyendo el espacio-tiempo-masa en el que vivimos y nos desarrollamos en la actualidad.

Pero si bien la cultura de lo comunitario -la politeia– tiene sus raíces en factores como la historia, la religión, la nación, la territorialidad, la etnia, el género y el entorno[3], se ve fuertemente determinada por el individualismo hipermoderno, que se manifiesta de diferentes formas[4], a través del consumismo dirigido por el mercado, al mismo tiempo que de un patrón de sociabilidad basado en el individualismo estructurado en redes y el deseo de autonomía individual, basada en proyectos vitales pseudo-autodefinidos.

4) En la escala política nacional, al llegar el fin de las ideologías, cada partido queda abandonado a su suerte y comienza el combate externo por el control del centro político y al interior, la lucha interna por el mero manejo de los hilos del poder, minimizado y casi anulado con ello la oferta ideológica y las propuestas y propiciando que una vez constituidos, los gobiernos padezcan una crisis de legitimidad política que debilita, por falta de sustancia, su influencia y credibilidad ante los gobernados.

En este marco, complejo y multidimensional, tenemos entonces que el proceso decisivo que da forma a la sociedad y la cultura política actual, tanto a nivel individual como colectivo, es la dinámica de las relaciones de poder, dependientes del proceso de comunicación socializada y expresadas en los medios.

En tal estado de cosas, los partidos y coaliciones juegan el juego del mejor postor en el mercado electoral, arrebatando las propuestas a sus contendientes y adelantándose al escándalo, ahora antepuesto al argumento, con lo que se desdibujan las propuestas y se personaliza la política al centrar la atención en los actores, de tal suerte que vencerá no el que tenga las mejores propuestas de solución a los problemas, sino el que cuente con la imagen mercadológica más poderosa; es decir, ganará no el que ofrezca mejores alternativas de atención a las necesidades fundamentales de la población, sino quien al final sea menos vulnerable a los escándalos. Así, al final, lo que importa ya no es el proyecto político y de gobierno, sino el producto mediático final sobre la opinión pública. Pero con ello, lejos de evolucionar, no se hace más que contribuir a la deslegitimación del sistema, de la política y en última instancia de la democracia y del Estado Constitucional de Derecho. Los apóstoles de esta nueva doctrina no reparan en el daño tan grave que hacen al Estado en su soberanía, en su fortaleza y dignidad como ente político democrático, supremo al interior e igual y competitivo ante los demás en el seno de la comunidad internacional.

A simple vista, pareciera también que esta ola de “información” sobre lo malo de la política y los políticos, abona a la construcción de nuevos y más fuertes esquemas democráticos; pero no es así: lo curioso es que lejos de propiciar el empoderamiento (empowerment) de la sociedad como cogobernante y medio de control del ejercicio del poder y por ende propiciar el perfeccionamiento del sistema democrático, al contrario, parece estar provocando el resquebrajamiento y deslegitimación de todo lo que huela a gobierno, a grado tal que lo que ondea en el ambiente de la opinión pública mediatizada es el hartazgo y el desencanto por la política y los políticos y las estructuras hegemónicas y de poder, pero sin ofrecer, en plena actitud hipermoderna, una alternativa integral o al menos un proyecto viable, posible y realizable. En su lugar, dentro de esa misma hipermodernidad, lo que importa no es la posibilidad de acceso y sustentabilidad en el poder, esto es, el buen gobierno, sino el dinero, independientemente de la actividad que se realice. Todo ello parece, en una sorprendente paradoja, constituir un campo fértil para el cultivo de mayor corrupción, ahora ampliada a todos –o casi todos- los ámbitos de la vida social.

Ante tal panorama, los grupos de poder y sus representantes se circunscriben y luchan acorralados en el ring de los medios, a ellos sí empoderándolos en términos económicos, financieros, tecnológicos, políticos y culturales (varios de los hombres más ricos del planeta son dueños de medios y TICs. Su interconexión, diversificación y globalización actual, les permiten escapar de los controles políticos a los que estamos sujetos el común de los mortales y en consecuencia gozar de una gran autonomía en cuanto a producción de mensajes y generación de opinión pública, a grado tal, que más que el Cuarto Poder, los medios se han convertido en el campo de batalla de la lucha por el poder, lo cual por supuesto en términos hipermodernos es sin duda mejor negocio. Simplemente habría que revisar los presupuestos del IFE para medios desde 1991 a la fecha.

Este complejo engranaje es por desgracia el que mueve la gran maquinaria que es el mercado de la información política, en México y en muchos otros lados. Nos encontramos sujetos a un entorno contra el que cada vez es más difícil ofrecer alternativas para la sociedad, pues cada vez es más costosa la producción mediática (marketing, encuestas, publicidad, imagen, acceso, procesamiento y difusión de información).

Las Tecnologías.

Ante la diversidad de las sociedades contemporáneas, se incrementa la autonomía, pero a la vez, la globalización obliga a una mayor integración, dando como resultado el nacimiento y crecimiento de las redes de cooperación e intercambio, apoyadas ahora en nuevas TIC’s, en particular:

  • La Internet (software), una tecnología antigua, utilizada por primera vez en 1969, pero que en la última década se ha extendido globalmente, excediendo en la actualidad los mil millones de usuarios y que ahora gracias a la Internet 2.0 adquiere una nueva dimensión al permitir la interacción virtual entre generadores y consumidores de información y de ahí su proyección de y a otros medios.
  • Las redes wifi y wimax (middleware), que contribuyen al establecimiento de las comunidades conectadas a la Red.
  • La comunicación móvil (hardware), que actualmente cuenta con 5,000 millones de titulares de teléfonos móviles, en contraste con los 16 millones de 1991. Así pues, incluso explicando la difusión diferencial en los países en vías de desarrollo y las regiones pobres, un porcentaje muy elevado de la población del planeta tiene acceso a la comunicación móvil, cuyo potencial, cabe señalar, aun no es explorado para su explotación en términos de comunicación masiva.

Con la convergencia entre estos tres elementos, el poder comunicador de la Internet está siendo distribuido en todos los ámbitos de la vida social, del mismo modo que la red de suministro eléctrico y el motor eléctrico distribuían energía en la sociedad industrial.

Las Redes.

Recientemente, se ha añadido a esta realidad un nuevo elemento que se ha sumado rápidamente al juego: Es el caso de los denominados Medios de Autocomunicación de Masas, más famosamente conocidos como Redes Sociales.

Si bien es cierto que la organización social basada en redes ha existido desde tiempos muy remotos, por ejemplo, en las sociedades rurales, donde surgieron espontáneamente alrededor de mercados, festivales religiosos, fuentes de recursos, situaciones de emergencia, etc., actualmente esta adquiere matices diferentes al contar con las TIC’s, que permiten su expansión hacia toda la estructura social[5].

El concepto antropológico de Red en su forma más básica, es decir, como campo social constituido por relaciones entre personas que mantienen de forma permanente una corriente de intercambio recíproco, al ser llevado al plano macro social podría ser redefinido como una organización social que coordina actores autónomos que voluntariamente intercambian información, bienes o servicios, con el fin de lograr un resultado conjunto[6].

El transcurrir de la vida colectiva, sumado al creciente desarrollo tecnológico, sobre todo en las sociedades urbanas, convergen hoy en lo que se conoce como la “era de la información”, donde la cultura hace referencia a sí misma bajo parámetros cada vez más abstractos y donde la organización social se basa en el flujo de información, independientemente del valor agregado de sus contenidos. La actual transformación provocada por las TIC’s en la Era, al mismo tiempo Digital en sus medios y de la Información en sus fines, amplía el alcance de los medios de comunicación a todas las esferas de la vida, en una red que es a un tiempo global y local, genérica y personalizada, abstracta y concreta, con un patrón siempre cambiante.

Las sociedades en los países occidentales industrializados y en las economías emergentes o en desarrollo, se organizan cada vez más en torno a la gran Red de la globalización, modificando su operación y los resultados de sus procesos de producción, la experiencia, el poder y la cultura[7].

En el tema que nos ocupa, es decir, en cuanto a los contenidos de esta comunicación, la “innovación” de la Red Virtual paradójicamente radica en la combinación de elementos inherentes a los dos patrones básicos de ordenamiento social y político presentes desde los orígenes de la civilización: el “mercado” y la “jerarquía”, esto es, la economía y la política[8]. Ambas se manifiestan a través de las redes en dos vertientes: por un lado, en una pluralidad de actores autónomos, productores de información -característica de todo mercado- y por otro, en la aptitud o al menos la actitud típica de las élites de avanzar hacia la coordinación entre actores en busca del centro hegemónico, al mismo tiempo que fomentar una nueva relación con los agentes sociales[9].

Lo anterior, a primera vista podría significar que nos encontramos ante la construcción de una sociedad diferenciada, donde las redes pretenden establecer canales de comunicación, intercambio e integración, retomando por un lado, los principios del “mercado” (libre juego de la oferta y la demanda, en este caso, de información) y por otro, una nueva forma de ejercicio jerárquico, que rompe con las formas verticales de coordinación y deja intacta la autonomía y hasta el anonimato de los actores (libre juego democrático), ambos factores capaces de generar confianza y solidaridad y permitir un entorno político y social adecuado y eficiente.

Sin embargo, en la práctica el modelo tiene sus riesgos: En primer lugar, las redes —sobre todo entre individuos y organizaciones que nacen y crecen como producto o so pretexto de carecer de canales institucionales adecuados de comunicación y/o de intercambio— pueden convertirse en un objetivo en sí mismas. La falta de control y la vulnerabilidad ante la carencia de una estructura organizativa y reglas formales, somete este tipo de grupos o proyectos a la permanente amenaza de desviarse de sus objetivos originales y no cubrir sus necesidades de comunicación. El problema aquí es que por un lado, no siempre los objetivos originales o coyunturales son establecidos de manera libre y democrática, sino a través de lo que podríamos llamar “Usuarios Alfa”, que en la mayoría de los casos son anónimos, pero guían o motivan la toma de decisiones en la red; y por otro, que el acompañamiento de éstas decisiones tampoco se hace de manera autocontrolada por el grupo, sino por lo que podríamos también denominar una especie de “Backend” político, capaz de diseñar y operar tanto los objetivos como el monitoreo y control de la red, a cargo en muchos casos de los medios de comunicación, propietarios de las tecnologías de redes.

Varios estudios, incluyendo el del World Values Survey[10], indican que muchos ciudadanos creen que pueden influir en el mundo con su movilización, sólo que no piensan que puedan hacerlo a través de la política, como sería lo habitual, esto es, se autodeclaran “apolíticos”; pero al mismo tiempo, creen en la regla de que son más efectivas muchas conspiraciones pequeñas en la red que una grande, una especie de guerra de guerrillas mediática, lo cual es en sí una actitud evidentemente política. Pero para que la estrategia pueda realizarse, es necesario el espacio mediático; y dado que, como ya comentamos arriba, este se determina en gran parte por las empresas (mercado) y los gobiernos establecen las reglas del juego político formal, pese a su pluralidad, la inminente aparición de políticos y grupos políticos “insurgentes”– como ya lo estamos viendo en las recientes campañas electorales- no podrá separarse de este nuevo tipo de espacio.

La Política Pública y las TICs.

¿Cómo entender y asumir este entorno y darle algún rumbo -al menos medianamente cierto- en términos de cultura política?

La inmediatez, el contacto constante, la posibilidad de acercarse a miles de ciudadanos con una comunicación fluida y transparente, son objetivos de los medios sociales que la política no puede eludir. Ese es el “Qué” y está claro; lo que no lo está tanto es el “Cómo”, es decir, la instrumentación de políticas, programas, mecanismos y acciones para el aprovechamiento de esta oportunidad estratégica. Sin lugar a dudas, quienes sepan explotar con mayor creatividad estos recursos, podrán mejorar sus formas de gestión pública y de comunicación política y por lo mismo ofrecer una mejor gobernanza.

Sin embargo, en nuestro país el dilema se contextualiza de manera muy peculiar: Una de las variables que en Mexico juegan un papel fundamental en el análisis estratégico del tema que nos ocupa, es el de la denominada “Brecha Tecnológica (Digital)” en los cuatro aspectos de las TICs mencionados arriba: ¿Cómo conseguir que estos recursos tecnológicos sean accesibles a la mayoría de la población y den la oportunidad de cambiar realmente las reglas del juego democrático y del gobierno?

Hoy en día la Internet se ha masificado a nivel mundial, pero la brecha digital sigue siendo amplia y no se arregla solo con infraestructura. El sueño de Howard Rheingold, acuñador del término “Comunidad Virtual” y de una nueva democracia electrónica podría hacerse realidad, siempre que las estructuras políticas y gubernamentales lograran adaptarse a la disponibilidad de nuevas herramientas con capacidad para fomentar la participación ciudadana en los asuntos comunes, pero también y sobre todo establecer mecanismos y programas que permitan el pleno acceso a las TICs y la producción de contenidos a todas las edades y escalas sociales y culturales.

En este sentido, es importante reflexionar en algunas necesidades de atención inmediata, a partir del 2 de julio:

  • Un pacto político, entre el nuevo gobierno y los distintos sectores y actores que intervienen en materia de TICs y Medios, a fin de acercar las herramientas, instrumentos y conocimientos a todos los grupos sociales;
  • La organización de un foro de consulta popular específico en estos campos, que busque una participación amplia de los sectores sociales, académicos, empresariales, etc. bajo el presupuesto de que en este como en muchos otros aspectos, todos tenemos algo que decir;
  • Como producto de lo anterior, un apartado especial en el Plan Nacional de Desarrollo dedicado a Información, comunicación y medios, y consecuentemente un programa específico en estos campos.
  • La inclusión en el texto constitucional de los derechos humanos de 4ª generación, relacionados con la información y la comunicación, los datos públicos y privados y la consecuente armonización y actualización de los ordenamientos y disposiciones jurídicos relacionados, nacionales e internacionales.
  • La restructuración de los organismos públicos involucrados, para darles autonomía y pluralidad, incluyendo por supuesto un observatorio nacional de medios y establecer mecanismos adecuados para darles trasparencia.

Gobernanza en la Era Digital.

En los últimos tiempos se habla mucho de la aplicación de la Web 2.0 a la labor de los actores políticos y las administraciones públicas. Aunque en un principio se utilizó más el concepto Política 2.0, en la medida en que sintetizaba la aplicación de blogs y redes sociales al mundo político, últimamente, la victoria de Obama en EE. UU. A generado el término Gobierno 2.0 que implica el uso de valores como la colaboración o la transparencia en el ejercicio de la labor institucional, dejando ahora el término Política 2.0 para referirse solo al aspecto electoral.

Entre las muchas implicaciones de Gobierno 2.0 en la gestión pública cotidiana ponemos enunciar de manera relevante las siguientes:

  • La supresión de intermediarios entre políticos y ciudadanos (y fundamentalmente, los medios de comunicación de masas);
  • La posibilidad de que los ciudadanos se organicen por sí mismos, al margen de los partidos e instituciones o de que colaboren abiertamente con la labor administrativa;
  • La disponibilidad de herramientas para que los ciudadanos controlen constantemente la actividad de sus representantes; y como producto de todo lo anterior
  • Mayor nivel de responsabilidad de los gobernantes en su gestión.

Trabajos publicados recientemente en Europa y América del Norte[11] coinciden en señalar a las redes sociales como la principal oportunidad con que cuentan, hoy por hoy, administraciones y ciudadanos para establecer una relación más productiva y satisfactoria.

Un estudio del CIS titulado Internet y participación política en España[12], destaca la especial capacidad de las redes para generar nuevos espacios de cooperación, participación e intercambio de información en materia de Gobernanza. Sus autores comentan que los internautas más activos, sensibles a las informaciones gubernamentales y políticas y a la vez más implicados en la mejora del sistema social, son precisamente los usuarios de blogs, foros y servicios en línea. De forma paralela, constatan que las redes sociales facilitan la participación en línea y la hacen menos costosa a los colectivos con mayores barreras digitales, hecho que cobra especial importancia en la relación con los gobiernos locales.

La Guía de usos y estilo en las redes sociales del Gobierno de Cataluña[13], es sólo una muestra de lo que puede hacer los gobiernos y administraciones–sobre todo los ayuntamientos- para aprovecharán el salto tecnológico y continuar mejorando los servicios que gestionan y con ello la presencia y la interacción con la ciudadanía.

Otro caso digno de mención es el gobierno Sueco cuyo Sitio Web[14] ha sido diseñado como una red cognitiva que genera, produce y actualiza su propio conocimiento en función de la necesidad de comparar todo el quehacer público en educación, salud, grupos vulnerables, trámites y servicios públicos, generando y actualizando información de desempeño útil para la gobernanza y la mejora regulatoria. Gracias a esta herramienta, por un lado, los ciudadanos pueden ver qué servidor público, dependencia u organismo es más eficiente y acudir a él – por ejemplo, una clínica, un cajero en una dependencia, etc. –y por el otro, la información obtenida es útil al gobierno para tomar decisiones acertadas y reducir tiempos y gasto operativo, mejorar el equipamiento y los recursos de atención, así como eliminar o sustituir personal ineficiente.

Pero no obstante estos casos de éxito, vale señalar que no todo va por esa vía: El anuncio del primer ministro de Reino Unido David Cameron de suprimir tres cuartas partes de los portales públicos de su gobierno abre una nueva polémica. Para algunos, la medida forma parte de un proceso lógico, tendiente a racionalizar la presencia de los organismos públicos en la Red; otros, sin embargo, temen que aprovechando la reciente oleada de recortes en la Unión Europea, comiencen a imponerse criterios exclusivamente economicistas y no sociales en el desarrollo del Gobierno y la Administración Pública Electrónica. Lo cierto es que -casualidad o no- este hecho coincide con la reciente publicación de distintos informes[15] que muestran una curiosa paradoja: si bien crece espectacularmente el número de usuarios de Internet y, con él, la cantidad y calidad de los servicios públicos que las administraciones ofrecen online a sus ciudadanos, también aumenta progresivamente la desconfianza de éstos hacia aquellas.

Otro caso paradigmático en este mismo sentido es el gobierno español, ha esalado de manera constante la última década en la clasificación de Naciones Unidas sobre E-Government[16] en materia de acceso electrónico y disponibilidad de trámites y servicios. Sin embargo, un porcentaje muy bajo de los internautas españoles declara usar la Red para interactuar con los poderes públicos[17]. Esta “segunda brecha digital” es preocupante por sí misma, pese a la fuerte apuesta gubernamental por las TIC’s; pero lo es aún más en combinación con los datos del barómetro de junio de 2010 del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS)[18], que muestran que el actual modelo de participación y representación que encarnan gobierno, políticos y partidos políticos constituye el séptimo mayor problema para los españoles, con un porcentaje de apoyo a esta percepción negativa cuatro veces superior al de hace sólo un año.

¿Qué está fallando entonces? ¿Qué hay más allá del front-office público capaz de ensombrecer los logros conseguidos hasta entonces en materia de modernización administrativa? La OCDE aporta una posible explicación en un reciente informe[19], en él se revela que dos de cada 10 usuarios creen que los organismos y departamentos oficiales españoles están desaprovechando los recursos tecnológicos, en especial Internet, para aumentar su transparencia. Con ello se apunta algo más: los ciudadanos no dudan tanto de sus administraciones sino de su escasa capacidad para influir e intervenir en ellas. Ello puede traducirse, a su vez, en apatía y frustración, cuando no en rechazo. Una de las recomendaciones que hace la OCDE al respecto, se refiere a pasar de un enfoque público basado fundamentalmente en la tecnología y la eficiencia económica a otro centrado en el usuario y en una comunicación con éste, más abierta, directa y participativa.

E-Gobierno en México.

Sin perjuicio de que este tema por su amplitud y profundidad exige un tratamiento más extensivo y minucioso que desde luego haremos en un trabajo posterior, vale hacer algunas reflexiones:

En México, desde hace tiempo, se contempla el uso de la Internet como medio de comunicación multinivel entre gobiernos y con la expectativa de una mayor y mejor interacción con los ciudadanos.

En el primer caso, los esfuerzos, el tiempo y el dinero empleados por el gobierno federal en programas como E-México, Plataforma Mexico, han tenido un débil impacto en términos reales, básicamente porque han sido diseñados de forma centralizada y unidireccional, lo que en un país plural y políticamente diverso como el nuestro resulta muy poco viable, sobre todo si tenemos en cuenta que en términos prácticos los gobiernos locales y municipales requieren compartir información tanto de manera horizontal en su respectivo ámbito de gobierno como de forma vertical, a la vez de y hacia el municipio, la entidad federativa y la federación.

Sin embargo de manera aislada, hay avances interesantes. Valga mencionar que desde hace más de una década el gobierno federal ha contemplado dentro de sus políticas, programas y acciones de gobernanza y mejora regulatorias la actualización de páginas sitios y portales web para acercar el gobierno a la población.

En la esfera estatal, en gobiernos como el de Nuevo León se emplea por ejemplo el chat como vía de comunicación con los ciudadanos. Existe una agenda definida con los días, horarios, nombres de quién participa y temas a tratar. Ese día los ciudadanos se pueden conectar al chat y mediante un moderador se pueden realizar preguntas al funcionario responsable del tema que corresponda, pudiendo guardar el chat en un archivo para quienes deseen leer después lo que aconteció en ese debate, las respuestas que se dieron, los compromisos que se hicieron.

Otra de las herramientas que va teniendo cada vez más aceptación para que gobierno y ciudadanía interactúen mejor es Google Moderator, utilizado por ejemplo, por la Presidencia del Senado Mexicano. Su explotación es reciente dentro del medio gubernamental, si bien hace ya algún tiempo que se viene usando al interior de algunas empresas para moderar las preguntas de las reuniones semanales de trabajo. Funciona de manera relativamente simple: los participantes envían sus preguntas y estas son votadas por los otros. Esto al final de un cierto tiempo va a generar preguntas con más votación que otras, lo que ayuda a determinar cuál o cuáles son las preguntas que deben tener prioridad frente a otras. En otras palabras, son los usuarios los que deciden la(s) pregunta(s) que más les interesa(n), siendo esta(s) a la(s) que se le dará prioridad a la hora de contestar y resolver.

Sin embargo el camino por andar en materia de TICs, medios y gobernanza es aun largo y sinuoso. Es necesario considerar como política de Estado el empleo racional y con rumbo de estos recursos para atender los asuntos más apremiantes de la agenda social. En materia de Educación y Cultura, de Salud, de Empleo, de Seguridad, de Justicia, de pleno ejercicio de los derechos fundamentales, de acceso global a las TICs y formación a todos los niveles y edades para su explotación; de una relación sana y transparente entre actores políticos, gobierno, medios y sociedad, nuestro país sigue en espera de una política coherente y articulada desde una perspectiva multinivel y multidimensional que genere acciones concretas, resultados.

El gobierno en turno durante el sexenio por venir, independientemente de su filiación política, deberá gobernar para todos y en ese tenor, se encuentra obligado a ofrecer alternativas claras y concretas en la materia.

Para finalizar, más que una conclusión permítaseme una reflexión: No perdamos de vista en la comprensión del tema que nos ocupa aquí (Política, Comunicación, Redes y gobierno) –y que por cierto debería ocupar un lugar más importante si es que en verdad fuera nuestro deseo hacer algo por la Reforma del Estado y el Gobierno- es que nos encontramos sobre todo ante una reforma Cultural. El sistema político es un sistema en sí y forma parte de la cultura social de una nación; por tal razón, cambiarlo es tarea por demás difícil. Sin embargo, igualmente hay que subrayar que la solución, lejos de ser exógena, tiene sus raíces en el origen mismo del problema, es decir, en la relación Estado – Poder Público – Sociedad y que esta relación puede y debe apoyarse en las nuevas Tecnologías de Información y Comunicación y los Medios.

Pero esto exige primero que nada, un cambio de actitud para la creación de una Cultura que entienda y asuma que el cambio no puede darse mágicamente, por decreto, ni es cuestión –como la experiencia nos lo ha hecho ver- de “endosar” la responsabilidad mediante el voto y luego “exigir” o esperar que caiga del cielo la respuesta. Tampoco es –parafraseando a Crozier- sólo “cuestión de máquinas”, la tecnología es y seguirá siendo un medio, nunca un fin. El factor humano es fundamental en la cosa pública, en lo que nos atañe a todos.

De la sociedad por su parte se requiere no nada más de una actitud crítica y exigente, la cual es sin duda valiosa, pero no suficiente. En la nueva forma de ver el gobierno y su relación con los medios, la ciudadanía también tiene que colaborar activamente con los órganos del poder público, legislativos, ejecutivos, judiciales, autónomos. En este contexto, las organizaciones civiles y políticas, las propias redes sociales y sus usuarios individuales o colectivos tienen la importante misión de adoptar una posición crítica pero al mismo tiempo propositiva y proactiva, que les permita una participación más cercana y comprometida, en tanto que “ciudadanos-gobernantes”, en los asuntos que les afectan a todos los niveles, desde los más cercanos y concretos a los más abstractos, y contribuir al diseño y operación de una agenda de trabajo en la que se definan políticas, estrategias, programas y actividades en cada uno de los ámbitos de la vida nacional.

No podemos predecir el futuro, pero lo que sí podemos hacer es construirlo. Ahora más que nunca está claro que la tarea de todos no queda agotada en el ejercicio del sufragio. Nos encontramos en un momento propicio para contribuir, todos, a la conformación de una política pública y un gobierno modernos, echando mano de los recursos jurídicos, políticos, tecnológicos, mediáticos y sociales con que contamos, pues solo así podremos aspirar a primero la construcción de un nuevo modelo de país y luego al logro de su legitimidad, continuidad y permanencia.

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[1] Farrell, Kolodny & Medvic. Op. cit. pp.11-30.

[2] Mermin (Op. Cit.) desmitifica la idea de que los medios de comunicación indujeran la decisión del gobierno estadounidense de intervenir en Somalia, demostrando que aunque los periodistas finalmente tomaron la decisión de cubrir la crisis, esa cobertura mediática clave en las cadenas de televisión se produjo después y no antes de que los directivos clave de Washington (pág. 392) prestaran atención al tema. Véase también Entman (Op. Cit.), que ofrece pruebas de una teoría de “activación en cascada”, en la cual las estructuras mediáticas activan las decisiones políticas de elite y viceversa.

[3] Castells, 2004; y Ong, 2006.

[4] Charles, Sebastien. La Hipermodernidad, tumba de la postmodernidad? (Op. Cit. pp. 11 y ss.)

[5] Castells, Manuel. Comunicación y Poder. (Op. Cit. p. 505).

[6] Messner (Op. Cit., p. 95)

[7] Castells, Ídem.

[8] Ferrajoli, Luigi. Los Fundamentos de los Derechos fundamentales, España, 2005, p. 32

[9] Messner, op.cit. p.98.

[10] European Values Study Group and World Values Survey Association (2006). EUROPEAN AND WORLD VALUES SURVEYS FOUR-WAVE INTEGRATED DATA FILE, 1981-2004.

[11] En la bibliografía del presente documento se ofrecen algunos de ellos.

[12] Anduiza, Eva; Et. Al. (Op. Cit.)

[13] http://www.gencat.cat/web/meugencat/documents/20100607_GUIA_USOS_XARXA_CAS.pdf

[14] http://www.stockholm.se/jamfor

[15] Vid. Vgr. European Values Study Group and World Values Survey Association, (Op. Cit.)

[16] UN E-Government Survey (Op. Cit.)

[17] Informe Anual sobre desarrollo de la sociedad de la información 2011 (Op.Cit.)

[18] Op. Cit.

[19] Op. Cit.

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