Reinventar América

REINVENTAR AMERICA

Por José Ramón González Chávez 1

(escrito en la conmemoración del 500 aniversario del

“descubrimiento de América”, octubre de 1992)

Tiempos de serias dificultades económicas, en los que se vuelve imperioso abrir los mercados existentes y buscar nuevos caminos para reactivar el intercambio comercial. Tiempos que requieren de la reflexión para encontrar formas de organización política y cultural más eficientes. Tiempos de enfrentar retos y emprender aventuras; de grandes sorpresas que colocan al hombre en una situación de incertidumbre ante el futuro, ante los futuros. Tiempos para reinventar.

Esos fueron los tiempos del mundo hace ya más de quinientos años y esos son los de hoy, los de nuestro siglo XXI.

Al descubrirse en aquel entonces la existencia de aguas, tierras y culturas desconocidas, se abrió para el hombre la posibilidad de recrearse y de recrear al mundo y aún al universo, lo que constituyó el germen del pensamiento liberal, junto a algunas otras cosas como la Reforma Luterana y la Imprenta. Así como entonces, en estos momentos nos encontramos nuevamente ante el desafío de rendirnos cuentas para conocer y reconocer nuestros saldos, individuales y colectivos, locales y nacionales, regionales y mundiales; en otras palabras, para reinventar nuestra realidad.

En efecto, una de las cosas para lo que nos sirve la historia es para diseñar escenarios futuros a partir del diagnóstico comparativo entre el pasado -o mejor dicho, los diversos pasados- y la situación actual, que es su desenlace, situándonos en el medio como dice Duverger de las dos cabezas de Jano.

Tomando como punto de partida esta recurrencia histórica y los distintos escenarios ante los que se encuentra nuestro país, surgen algunas reflexiones sobre el destino de nuestra identidad como nación, integrante de varias regiones en cuanto a sus frutos, pero originaria de una sola en cuanto a sus raíces.

La actividad política, la actividad económica y la actividad social desde siempre han estado inmersas en un constante proceso de retroalimentación. Las reformas económicas, que ahora se llaman globales, pero que de alguna forma y con otros nombres se han presentado antes en distintos momentos de la historia del mundo civilizado, siempre han traído consigo reformas políticas y sociales, algunos de cuyos temas vertebrales han sido lógicamente el de la soberanía y, como consecuencia obligada, el de la residencia originaria del poder; la democracia, la justicia.

¿Qué nuevo rostro deberá de tener nuestra soberanía ante la inminencia del mundo global?, concepto a primera vista pareciera tan contradictorio y hasta paradójico, cuando se confronta al resurgimiento de los nacionalismos, la redefinición de las fronteras locales y regionales, la reaparición de los fundamentalismos y las guerras santas; o cuando por un lado, muestra para todos las bondades de la economía abierta, abriendo también por otro y quizás a su pesar, el desván donde se esconden no pocas de las grandes y penosas vergüenzas de la humanidad.

¿Qué y cómo hacer para conciliar definitivamente al crecimiento económico con la libertad política y el desarrollo de la sociedad? Los regímenes dictatoriales inscritos en la historia del mundo hispánico y ahora el tristemente famosos Neoliberalismo son el testimonio más claro del divorcio entre estos factores y probablemente un rasgo distintivo de nuestra conformación sociocultural, pero también pueden constituir una señal de aviso que nos lleve a reflexionar que en esta región del mundo llamada Arérica, la imposición de modelos globales como solución a problemas locales, independientemente de su color político ha sido en muchos casos desafortunada, y a su vez, una recomendación para andar los caminos que nosotros mismos debemos de construir.

Los indicadores políticos, económicos y sociales del tercer mundo, de América Latina y de México en particular nos muestran lo urgente que es el darnos a la tarea de repensarnos desde una perspectiva original para encontrar -pero no por una vez más, sino de una vez por todas- las soluciones a una problemática que no han sido capaces de resolver, a veces ni aún en sus propias casas, los modelos importados, provengan de donde provengan.

¿Cómo conciliar y reconciliar nuestra realidad hispánica con la realidad anglosajona vecina, con la cual tendremos que establecer lazos cada vez más estrechos? ¿qué actitudes habremos de tomar para enriquecernos mutuamente, de una manera mejor a como ya sucedió hace quinientos años?

¿Cuál tendrá que ser nuestra actitud frente a la realidad indígena, al margen de los folclores del pasado y del presente, para construir un habitat nacional y evitar con ello nuevas segregaciones, nuevos aislamientos?

¿Cómo hacer compatible al interior nuestra diversidad ideológica y cultural ante una realidad que nos afecta a todos, independientemente de nuestra filiación política, de nuestro punto de vista sobre el destino que nos deseamos como nación?

Nos guste o no, es evidente que la historia tiene mucho que enseñarnos: de nosotros tánto como de los demás y de nuestras relaciones recíprocas.

Tenemos -como dice Carlos Fuentes- que desenterrar el espejo para mirarnos a los ojos y de cuerpo entero, divisando al mismo tiempo a los demás, a los que no son como nosotros pero que son nuestros iguales al ser parte del todo, que es lo que conforma el verdadero espíritu global; para SER -así, con mayúscula-, como postulaba el antiguo saludo prehispánico, sólo reflejándonos en el otro.

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