Lo Sagrado y lo Profano en el Mundo Hipermoderno

LO SAGRADO Y LO PROFANO EN EL MUNDO HIPERMODERNO

Por José Ramón González Chávez 

Conocer las situaciones asumidas por el ser humano “religioso” (es decir, el iniciado, antígona del “profano”), penetrar en su universo espiritual es a fin de cuentas, contribuir al progreso del conocimiento general de la humanidad. Es cierto que muchas de las situaciones asumidas por el “homo religiosus” de las sociedades primitivas y de las civilizaciones arcaicas han sido superadas desde hace mucho, aunque no lo han hecho sin dejar huellas; han contribuido a hacer de nosotros lo que somos hoy y por ello forman parte de nuestra propia historia.

El “homo religiosus” asume un modo de existencia específico en el mundo, cognoscible y reconocible independientemente de las culturas, de las formas histórico religiosas. Está convencido de la existencia de una realidad absoluta, de “lo sagrado”, que trasciende el mundo objetivo pero que se manifiesta en él y por eso mismo lo santifica, y lo vuelve “real”. Cree que la vida tiene un origen sacro y que la existencia humana convierte en realidad todas sus potencialidades en la medida en que es “religiosa”, es decir, en la medida en que al participar de la realidad busca ligarse de nueva cuenta con el origen.

Los dioses han creado al mundo y al ser humano; los héroes civilizadores han concluido la creación y la historia de todas estas obras divinas y semidivinas se conserva gracias a los mitos. Al reactualizar mediante la práctica ritual la historia sagrada, al imitar el comportamiento divino, el ser humano religioso se instala y se liga a los dioses, es decir, se ubica en lo sustancial y realmente significativo.

No obstante, las grandes culturas del pasado también han conocido hombres “arreligiosos”, incluso no es imposible que los haya habido desde las civilizaciones arcaicas. Pero no es sino en las sociedades modernas occidentales donde ha encontrado terreno fértil para su pleno desarrollo. El ser humano “arreligioso” (el profano) rechaza su vinculación a la trascendencia. Acepta lo relativo de la realidad e incluso llega a dudar del sentido de la existencia. Asume una nueva situación existencial: se reconoce como único sujeto y agente de la historia, no acepta ningún modelo de humanidad fuera de la condición “natural” humana, tal como la presenta la historia.

El “homo arreligiosus” se ha formado de manera antagónica a su contraparte, el “homo religiosus”, y se esfuerza constantemente por “vaciarse” de toda religiosidad y de toda significación transhumana o metafísica. Se reconoce a sí mismo en la medida en que se “libera” y se “purifica” de las “supersticiones” de sus antepasados.

Así como “la naturaleza” racionalista es resultado de una secularización progresiva del cosmos –obra de Dios-, el ser humano profano es resultado de una creciente desacralización de la existencia humana. Para él el ser humano se hace a sí mismo y a su mundo y no llega a hacerse totalmente más que en la medida en que se desacraliza y desacraliza al mundo. Lo sagrado es siempre un obstáculo por excelencia que se opone a su libertad. No llegará a ser en realidad él mismo sino hasta el momento en que se desmitifique radicalmente. No será verdaderamente libre hasta no haber dado muerte al último dios.

Pero el “homo arreligiosus” desciende del “homo religiosus” y por tanto, lo quiera o no, es también obra suya, producto de las situaciones asumidas por sus antepasados, un producto cultural. Conserva las huellas del comportamiento de su contraparte, con una tendencia uniformemente acelerada a la desacralización, al expurgar sus significados trascendentes.

El hombre moderno (hablamos de hombre y mujer, los dos elementos que componen el género humano) no puede abolir definitivamente su pasado por ser precisamente su producto. Está constituido por una serie de negaciones y de repulsas, pero continúa obsesionado por las realidades de las que ha abjurado.

Para disponer de un mundo para sí, ha desacralizado el mundo en el que vivieron sus antepasados, pero para llegar a esto, se ha visto obligado a adoptar un comportamiento totalmente contrario a aquel de los que le han precedido, aunque lo siente todavía dispuesto a reactualizarse de una forma u otra, en lo más profundo de su ser.

El hombre arreligioso en estado “puro” es un fenómeno más bien raro, incluso en la más desacralizada de las sociedades modernas. La mayoría de los hombres “sin religión”, sin saberlo o reconocerlo, se sigue comportando religiosamente. No solamente se trata del fardo de “supersticiones” o de “tabúes” que el hombre moderno trae consigo y que en su totalidad tienen una estructura o un origen mágico religioso; hay más: el hombre moderno que siente y pretende ser arreligioso dispone aún de toda una mitología camuflada y de numerosos ritualismos degradados.

En efecto, la mayoría de los “sin religión”, de los profanos, no se han liberado propiamente hablando, de los comportamientos religiosos, de las teologías y de las mitologías. A veces los aturde una verdadera algarabía mágico religiosa, pero degradada hasta la caricatura (véase la “fiesta del milenio”, las olimpiadas, el mundial de fútbol), y por esta razón, difícilmente reconocible.

Los regocijos que acompañan al año nuevo (o década, siglo o milenio), las vacaciones de semana santa, la instalación o inauguración de una casa, de un comercio, industria u oficina, las fiestas que acompañan el matrimonio, el nacimiento de un niño, los “quinceaños” de la hija, la obtención de un nuevo empleo, de una promoción social, etc. constituyen ejemplos claros de esta presentación en forma “laica” o postmoderna de la estructura de los rituales milenarios de renovación.

Más de una vez, el proceso de desacralización de la existencia humana ha desembocado en formas híbridas de magia ínfima y de religiosidad simiesca, presente no solo en las “pequeñas religiones”, las iglesias, las sectas y las escuelas pseudoocultistas, neoespiritualistas y sedicentes herméticas del estilo “Heavens Gate” o “Waco”, o en las místicas políticas de izquierda y derecha hacia los medios; también en otros comportamientos religiosos camuflados o  degenerados como los movimientos fanáticos (religiosos, antirreligiosos, políticos o laicos) el nudismo, los movimientos por la libertad sexual absoluta, los matroimonios homsexuales, el punk, el neogótico, los emos, los ninis, el comunalismo ecologista a la “New Age”, etc. En fin, se podría escribir todo un libro sobre los mitos y rituales del hombre moderno, desarrollados sobre la base hipermoderna y las mitologías camufladas en los espectáculos familiares, sociales o masivos, en los libros que éste lee, en lo que escucha y ve.

Es interesante comprobar cuántos escenarios míticos, ritualísticos e iniciáticos persisten en múltiples acciones y gestos del hombre arreligioso de nuestros días: La guerra, las ceremonias de cambio de poderes, las bodas reales, las beatificaciones, las carreras, el box y la lucha, los “deportes extremos”, los viajes espaciales, todos estos, temas  “estrella” de la multimedia.

Sin duda, el cine y la televisión retoman y utilizan innumerables motivos míticos: la lucha entre el héroe y el monstruo; los combates y las pruebas iniciáticas, las figuras e imágenes paradigmáticas (el joven, el héroe, la bella capturada en la torre del castillo, el dragón que lo cuida, el paisaje paradisíaco, el infierno, la trascendencia del status mediante la violencia, etc.). La lectura misma (en especial géneros como la novela, el cuento) comporta igual que otros medios audiovisuales, una función mitológica, no solo porque reemplaza el relato de los mitos de las sociedades arcaicas y la literatura oral, todavía usada en algunas culturas, sino especialmente porque procura al hombre moderno una “salida del tiempo profano” comparable a la efectuada mediante los mitos. Los medios proyectan al hombre moderno fuera de su espacio y tiempo personal y lo insertan en otros tiempos, en otros lugares, en otros ritmos, lo hacen vivir “otra historia”.

Aun técnicas como el psicoanálisis conservan en cierta medida la trama iniciática. Se invita al paciente a ahondar en sí mismo muy profundamente, a hacer revivir su pasado, a afrontar de nuevo sus traumatismos y desde el punto de vista formal, esta peligrosa operación recuerda los descensos iniciáticos a los “Infiernos” y los combates con los monstruos”de los mitos, los ritos y los cuentos de hadas. Igual que el iniciado debía salir victoriosos de sus pruebas, “morir” y “resucitar” para tener acceso a una existencia plenamente responsable y abierta a los valores espirituales, el psicoanalizado de nuestros días debe enfrentarse a su yo, su super yo y su ello albergados en su propio “inconsciente” asediado por larvas y monstruos, para encontrar la salud y la integridad psíquicas y el mundo de los valores culturales. Por ello puede afirmarse que un hombre exclusivamente racional es una mera abstracción; jamás se encuentra en la realidad. Todo ser humano está constituido a la vez por su actividad consciente y sus experiencias “no racionales”. La concepción actual del estado de Derecho particularmente en los Estados Europeos es una muestra clara de esta ambivalencia psico-socio-cultural.

Ahora bien, los contenidos y las estructuras del inconsciente son resultado de situaciones existenciales inmemoriales, y  por lo tanto, presentan similitudes sorprendentes con las imágenes y figuras mitológicas en tanto que reveladoras del mito, proclamadoras de algo que se ha manifestado de manera ejemplar sobre todo en condiciones críticas.

Hay una unión solidaria entre el contenido y las estructuras del inconsciente y los valores de la religión. Toda crisis existencial es “religiosa” en el sentido de que pone de nuevo sobre el tapete a la vez la realidad del mundo y la presencia del ser humano en él, confundiéndose el “ser” con lo “sagrado”, puesto que lo sagrado fundamenta el mundo, es una “ontología”. La religión es la solución ejemplar de toda crisis existencial, no solo porque es capaz de repetirse indefinidamente, sino también porque se la considera de origen trascendente y por consiguiente, se le valora como revelación recibida “de otro mundo”, “transhumana”, a salvo del actuar profano.

La solución religiosa no solo resuelve la crisis, sino que al mismo tiempo deja a la existencia “abierta” a valores que ya no son contingentes y particulares, permitiendo así al ser humano superar las situaciones personales y a fin de cuentas, tener acceso a una dimensión diferente de su espacio-tiempo: el mundo del espíritu.

Sin embargo, los mitos y ritos del hombre moderno, no logran elevarse al nivel ontológico de los mitos, por no ser vividos por el ser humano “total” y por no ser capaces de transformar una situación particular en una situación ejemplar. En otras palabras, las experiencias del hombre moderno, aunque son “religiosas” desde el punto de vista formal, no se integran con en el hombre iniciado en un todo, en una concepción integral “hombre – mundo – cosmos”.

Para el hombre profano moderno, un árbol es sólo un árbol. Para el hombre religioso implica la imagen de la vida cósmica haciendo fructificar la experiencia individual y abriéndola hacia lo universal. En este contexto, -a diferencia del hombre profano donde los símbolos son independientes unos de los otros- el símbolo para el hombre religioso no solo hace “abierto” al mundo, sino que lo ayuda a acceder a lo universal, despertando la experiencia individual y convirtiéndola en acto espiritual, en aprehensión metafísica del mundo.

El hombre arreligioso de las sociedades hipermodernas recibe aliento y ayuda de la actividad de su inconsciente, sin llegar empero a acceder a una experiencia y una visión propiamente religiosas. En cierto sentido, podría decirse que entre quienes se proclaman arreligiosos, la religión y la mitología se han “ocultado” en las tinieblas de su inconsciente y esta “no religión” desde un punto de vista judeocristiano, puede verse como una nueva “caída del hombre”.

En fin, el hombre arreligioso ha perdido la capacidad de vivir conscientemente la religión y por tanto, de comprenderla y asumirla; pero en lo más profundo de su ser conserva aún su recuerdo, al igual que después de la “primera caída” y aunque cegado espiritualmente, su antepasado, el hombre primordial, el “Adán”, habrá conservado la suficiente inteligencia para permitirle reencontrar las huellas del Dios tangible en el mundo…

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