Hoy, Fiesta de la Música en Francia!

Un cuento de: José Ramón González Chávez

A la Peña de los Compadres,

In Memoriam.

(…suena el despertador, una vez…, dos veces…

antes de que suene por tercera vez lo apago…)

Mmmmhh, bueno, a levantarse, un día más…

Despierto en la cama de mi departamento recién rentado, aquí en Vichy, feliz de estar en él, después de haber vivido más de un mes en un hotel de cuarta al que llegué embaucado por el taxista con el que me topé a mi llegada, en la estación del tren.

Prendí el radio que compré para habituarme a la melodía, el ritmo y la velocidad de la que sería por varios años mi lengua cotidiana y escuché en el noticiero matutino que hoy entraba el verano; o al menos eso creí haber entendido, porque el locutor dio la nota muy rápido, parecía no darle mucha importancia al suceso, solo le dedicó unos segundos, como si fuera un anuncio de rutina.

Abro la ventana que da hacia la calle, todo es verde, la gente camina con semblante alegre rumbo a donde tiene que ir, a gusto, sin molestia alguna digamos, de tipo climatológico…, cosa sin duda singular porque al llegar a este país aprendía a que el clima sí influye en los estado de ánimo.

Sí, es un muy bonito día, extrañamente bonito; es un día muy… mexicano, si se puede decir, porque no hace ni frío ni calor, ni nubes, de un perfecto azul celeste. Sobre el tejado del edificio de enfrente, me sorprende una luna, casi llena, a plena luz del día.

Sí, hoy es un bello día, aquí en Vichy, una bonita manera de ser recibido en esta tierra tan lejana de la mía, de la cual solo me llega el olor de la brisa de un gran charco que me separa de ella 10 mil kilómetros… y a la cual no regresaré sino si hasta que el destino así lo quiera, mucho tiempo después.

Pero bueno, tal día amerita un paseo, sólo hay que ajustar un poco la dirección del zapato para llevar los pasos por la calle del Presidente Wilson, quebrando a la izquierda por la calle del Casino, rumbo al hermoso parque que acompaña al río Allier desde el Club Aviron hasta el Boulevard des Etats Unis.

Curiosamente, Vichy me evoca pasajes de la historia de México: era la Villa de descanso y diversión de Napoleón III, sí, aquel orquestador de la Guerra de los Pasteles, la invasión suaba y el fallido imperio de Maximiliano. La hizo resplandecer durante su reinado, parques, aguas termales, casino, opera, hipódromo, deportes acuáticos. Luego me tocó vivir en la Calle del Presidente Wilson, contemporáneo de Porfirio Diaz, que por abajito del agua –para no variar- promovió y patrocinó la revolución mexicana y luego la invasión a Veracruz en el 14, moneda de trueque para el cierre de la guerra civil con Carranza. La frontera norte del parque, es el Boulevard des Etats Unis, que en su trayecto cambia de nombre a Avenue Victoire (Frontera Norte, Estados Unidos, Victoria… qué paradoja…). También evoca un capítulo de las historias francesa y mexicana olvidado hasta ahora, pues al igual que en el exilio español, causado por el triunfo del fascismo en España, el México Cardenista recibió a gran cantidad de franceses que al momento de la invasión de Hitler huyeron del régimen racista y autoritario del Mariscal Petain, que suprimió la República y estableció a Vichy como capital del régimen nazi hasta el final de la segunda guerra (Primero la llegada de franceses en actitud de guerra expansionista; algunas décadas después, otra llegada de franceses, pero ahora en solicitud de ayuda humanitaria. Otra paradoja…).

Pero bueno, por este día la historia y las paradojas que pasen a un segundo plano. Lo importante hoy es que la tarde cae, el sol dorado se filtra entre las hojas de los árboles; un cuidado tapiz intermitente de flores de muchas variedades y colores decora el parque.

Más allá, al fondo, el Allier que en su ruta líquida une los horizontes de sur a norte. Camino sin prisa por la ribera que aquí llaman Route Thermal  y voy viendo algunos anuncios en los postes de luz, en los negocios establecidos a la orilla. De repente, uno de ellos me anuncia algo inesperado y sorprendente:

“AU JOURDHUI, FÊTE DE LA MUSIC EN FRANCE!”

Hoy, fiesta de la música en Francia, sí, en todo Francia y desde luego aquí, en Vichy, donde me encuentro ahora. Día de la música… me quedo pensando ¿Qué significa esa expresión aquí, en esta tierra tan diferente, donde las cosas y sobre todo las que se relacionan con los sentimientos tienen –al menos eso creo- otro significado?

Sigo mi recorrido ribereño y distingo a lo lejos algo que parece música.  Sí, sí, creo que es música, y sin querer aprieto un poco el paso; la combinación de sonidos que escucho se me hace como un espagueti o una ensalada para el sentido del oído, pues aunque sé que lo que es –música-, no alcanzo a separar un sonido del otro. Toda esa música mezclada como si fueran mil canciones tocadas a la vez, unidas al murmullo de la gente, me producen una sensación de placentero aturdimiento. Me detengo un momento y trato de deshebrar esta madeja de sonidos; distingo algunas notas de música árabe, otras de música brasileña cantada en francés y una que otra frase cantada en español; ¿en español?, ¿dije en español?, los resortes del corazón me hacen saltar como salta uno cuando después de un tiempo encontramos algún objeto perdido al que se le tiene por indispensable. Reparo en que son seis meses, medio año ya, que tengo de haber comenzado a padecer, en una especie de masoquismo forzado, de esos tonos del idioma que me han acompañado durante toda mi vida.

Atento a las palabras de esa música reconfortante que es la propia lengua, la materna, casi hipnotizado como una serpiente por la flauta de un faquir voy hacia la fuente de donde brotan esas frases que mi alma recibe como un bálsamo administrado por la mano de una musa. Entro por un arco formado por dos árboles muy grandes, creo que son castaños, -como castaños son los cabellos de mi mujer…-. Casi por instinto, traspaso el verde umbral; la fiesta comienza.

Gente de todo el mundo se reúne sin conocerse con el único afán de hacer en este fabuloso día de hoy, alguna de estas cuatro cosas, o combinarlas a placer: escuchar, tocar un instrumento, cantar o bailar, y que realmente, solo son una: hacer música, no importa la raza, la lengua, la historia, la ciencia, la virtud, de cada quien. Todos son simples mortales hoy partícipes de un embriagante ritual mágico que celebra la mitad del año sideral: El verano.

Por allá, a un lado de cualquier parte, deben estar mis amigos de habla hispana, de habla mágica, de lenguaje para hablar con Dios. Ahora no sólo escucho las palabras, las entiendo, las siento, las poseo y ellas me poseen.  Y cómo no me van a poseer si la letra dice: “Por las tardes, con la lluvia, se baña su piel morena, y al desatarse las trenzas, sus ojos tristes se cierran…”.

Mi ciudad. Guadalupe Trigo. http://www.youtube.com/watch?v=NFBaEzDRiTM

Quién puede conocer esa canción hasta estos lugares? Pero, si soy yo, precisamente yo, el que está cantando y que tiene la guitarra en su regazo y abrazada, aferrándose a ella, como lo hiciera un náufrago con un trozo de madera en medio del mar.

Por un momento vuelvo en mí: un charango, un bombo y una flauta me acompañan; un centenar de almas, entre franceses y de otras no sé qué tantas nacionalidades me escuchan; nos escuchan, cantan, se agitan, danzan. Entre ellos, una francesa, ebria de tanta felicidad, más que de cerveza, brinca, grita y reparte besos a los músicos, al público; se da cuenta de que está en presencia de una congregación global y exclama a toda la rosa de los vientos Je vous aime en cinco idiomas..

Mis compañeros de grupo, sudamericanos de diferentes países y que ahora sé que son miembros de una banda de música folclórica latinoamericana, que estudia en el conservatorio nacional de música folclórica de Gannat, pueblo vecino a Vichy, traen una buena cantidad de partituras con cifrado del género, lo que me facilita seguirlos y acoplarme a ellos. Mientras tocamos otras piezas del repertorio latinoamericano conocido, sigue llegando más gente. Entre el auditorio distingo a un grupo que trata de comunicarse en francés con claro acento gringo. Eso me recuerda una bella canción que oí por primera vez hace una década y que casi de inmediato saqué y desde entonces he disfrutado tocar:

Al término de cada canción, la gente aplaude, grita, bebe se abraza y ríe aun sin conocerse. En el ínter busco a mis amigos, ¿dónde andarán?, ¿habrán ido al baño? ¿Por más cerveza?, quién sabe.  En fin, por ahí han de andar.

Comenzamos a tocar el “Carnavalito”, joya de la música folclórica de Sudamérica (en Francia México también forma parte de Sudamérica) y los acompaño desde el corazón, como si la hubiera tocado desde siempre.

Los que integramos el grupo intercambiamos miradas, asombrados de la coordinación, del “clic” que hemos logrado de primera intención y que se escucha como si ya tuviéramos tocando mucho tiempo juntos. Los latinoamericanos integrados a la audiencia –o mejor dicho a la coreografía- bailan y cantan, deliran junto con nosotros.

Comienza a sonar la Guantanamera, la gente baila y canta eufórica, es la apoteosis de la fiesta. Parece que todos fuéramos uno solo

Por ahí, entre la audiencia un grupo comienza a tararear “la vida es un carnaval” y de inmediato los que tenemos un instrumento en las manos comenzamos a seguirlos, hasta que las cerca de doscientas gentes que estábamos ahí, quizá más, nos convertimos en una sola orquesta y una compañía de danza y teatro y multi-performance al mismo tiempo.

En medio de la vorágine de esta verdadera Bacanal, de este sagrado ritual que rinde culto a Baco, pasan sin sentir las horas y las canciones, y las cervezas.

Vuelve a mí un instante de lucidez y veo que es tarde, o más bien temprano, recuerdo someramente aquello a lo que vine a hacer a estar tierras tan lejanas: mañana hay que ir a trabajar a la escuela, tiempo completo, 4 horas en la mañana, 4 en la tarde, francés aplicado a la administración y el gobierno…

La pura y en ese momento triste realidad me cae como balde de agua sobre las espaldas. Sin que nadie lo note, salgo lentamente de ese espacio mágico y y salgo lentamente del hechizo.  Camino paso a paso por las calles rumbo al hostal en donde vivo, entro a mi estudio, cierro la puerta.

Me desplomo sobre la cama. De repente, todo queda en silencio. Cierro los ojos repasando los detalles de todo lo que sucedió esa noche y viene a mi mente una pieza que ahora ejecuta una chica francesa que toca la guitarra y canta en francés.

Abro de nuevo los ojos y veo que solo ha pasado un instante. Otra vez los cierro y como un eco en la distancia resuena entre notas, sonidos y rumores, la frase de aquella francesa que rebosada y rebasada por la emoción opiácea del momento repitiera hasta el olvido: Je vous aime.

Con ella voy cayendo hasta el fondo de mis sueños. Sí, yo también te amo, los amo, a todos, a todo. Los amo, yo tampoco…

…Suena la alarma del reloj como si lo hiciera por primera vez. Son las 7.45 de la mañana… Uff!, voy a llegar tarde a clases…

Mientras voy corriendo y a paso veloz hacia la escuela insiste mi mente: ¿Habré soñado todo eso? El pensamiento me ocupa pero no me inquieta; la alegría permanece en mi pecho, aun paladeo como una bruma tibia y perfumada el rico, denso y delicado sabor de esos momentos. ¿Sucedió en realidad? No lo sé, no me interesa, lo único cierto es que ese día, uno de la Fiesta de la Música, en el umbral del verano, se abrió la puerta a un mundo donde la musa Euterpe fue la Reina y yo el más humilde de sus vasallos…

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