Ulrico de Magencia: Personaje enigmático en la Conquista de la Nueva España

ULRICO DE MAGENCIA: PERSONAJE ENIGMÁTICO DEL SIGLO XVI

Un acercamiento biográfico

Por José Ramón González Chávez

Sólo fue sacerdote por un año. En 1512 entró en contacto con cátaros de Montségur.

En Montségur, en los Pirineos, se erguían las ruinas del llamado Castillo del Grial; los cátaros, una de las ramas albigenses. En contra de estos Mahatma Gandhi  de la Edad Media, como los llamara Otho Ralm, se desató la furia de la espada y el fuego, a partir del año 1207 cuando les declaró la guerra el Papa Inocencio III. Y esta herejía, a la que por su parte Maurice Magré –visionarios de otros mundos- denominados el budismo del Occidente, fue casi borrada por obra de la sangre y de la hoguera. La cruzada que asoló la Occitania estaba encabezada por el lúgubre abad Arnaldo de Citeaux y el cruento conde Simón que cabalgaban. Como lo cantara Lenau.

En la región hay grandes planicies verdes rodeadas de bosques sensuales, ríos cristalinos y escarpadas montañas que esconden cavernas mágicas.

Albiguenses sobrevivientes del catarismo que se ocultaban en la región cuidando los vestigios de su antigua apoteosis, es con quienes Ulrico de Magencia aprendió ciencias secretas y una manera sublime de elevar su espíritu. De este modo, en las brasas de esas cenizas –las del culto cátaro-, en la tierra occitana de los caballeros y trovadores donde dice la leyenda se preservó el Santo Grial, con los descendientes de los “puros” y en este lugar de hermosos paisajes, Ulrico de Magencia prendió una luz interna que habría de iluminar su alma y su vida a lo largo de todas sus aventuras.

Ulrico estudió medicina y precisamente en calidad de médico militar se enroló en la expedición de Hernán Cortés a México.

Ulrico fue recompensado con la posesión de una mina de oro que habría de convertirlo en un hombre muy rico. Luego de estar siete años en México –siete años, número iniciático- regresa a Europa dueño de una gran fortuna. Según relatan sus biógrafos, compró en España un castillo cerca de la frontera con Francia. Atesoraba libros y se dedicó a la alquimia y a la astrología. Y las enseñanzas cátaras, que sembraron en él la búsqueda de la paz del espíritu, lo siguieron inquietando y le daban impulso y profundidad a su persona.

Motivado por la lección cátara –queriendo con prudencia, además, poner durante un tiempo de por medio entre él y la Inquisición la distancia del mar-, reunió una flota y en 1540 partió del puerto de Cádiz rumbo al Extremo Oriente. Había sido explorador y conquistador con Cortés; ahora quería ser tan sólo explorador y lo que buscaba era algo superior al oro.

Viajó por tierra en la frontera entre la India y China. Pero su destino principal fue alcanzar las alturas del Tibet e iniciarse con el tercer Dalai Lama, de nombre Sodnam Dschamtso, en disciplinas y conocimientos ancestrales.

Luego de siete años de viaje –otra vez el número esotérico- Ulrico retornó a Europa, a sus posesiones españolas. Entregado al estudio y la castidad, redactó durante años una obra monumental llamada “Arbor Mirabilis”, la que sería publicada en 1556. En ella expone revelaciones y profecías que tienen que ver con el ciclo de 2 mil años de la historia humana. Ahí identifica la liberación de Jerusalén con el inicio de una tercera guerra de todas las naciones.

En el aliento milenario de las profecías hay in símbolo, el del árbol cósmico que remite el mito de la Edad de Oro al origen de los tiempos, al paraíso perdido. La Edad de Plata que se relaciona con la luna, es la era nocturna, la de la religión estática. La Edad de Bronce significa el desencadenamiento de la soberbia, la violencia y la guerra. La Edad de Hierro es la edad oscura, la de las civilizaciones idólatras que divinizan lo material y lo humano. La edad de oro es el antecedente y será la Edad Postrer. Los grandes círculos de la historia se desenlazan como en una espiral que da vuelta sobre sí misma; el fin es el principio.

En “Arbor Mirabilis”, el anhelo del estado primordial se convierte en profecía  como un brote del árbol de Seth, nacido de una rama de Árbol de la Ciencia, el Árbol que estaba en el centro del Paraíso Terrenal.

Pero Ulrico completa los principios iniciático occidentales con la misma influencia hindú y budista, y hace así la profecía –para después de la última guerra anunciada por él- del nacimiento de la Paz Universal, donde los hombres en gran armonía consigo mismos habrán reparado sus errores; confiaba así en lo que los adeptos budistas sostienen como “infinita sabiduría y bondad de la Potencia  innombrable”. La interpretación de las doctrinas orientales le hizo creer en la posibilidad que tiene el hombre de sustentar su vida en el equilibrio perfecto entre el misterio y las maravillas.

Ulrico de Magencia tuvo como discípulo al célebre Nostradamus y se sabe que, en la primavera del año de 1558, abandonó su castillo desapareciendo para siempre sin dejar rastro, perdido en las brumas de la historia.

La Revolución Mexicana: Algunas reflexiones

“REFLEXIONES ACERCA DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA”

Por Raúl Ávila Ortiz y José Ramón González Chávez

“pecado de juventud”, publicado en conmemoración del 20 de noviembre. 1984.

CADA NACIÓN TIENE DETERMINADAS FECHAS QUE SIMBOLIZAN LA INFLUENCIA DEL PASADO EN EL PRESENTE, QUE MANIFIESTAN SU VIGENCIA EN EL EXISTIR ACTUAL. EN MÉXICO, HASTA LA RANCHERÍA MÁS REMOTA, EN LA CHOZA MÁS LEJANA, NO PUEDE PASAR INADVERTIDO UN DIECISÉIS DE SEPTIEMBRE, UN VEINTE DE NOVIEMBRE, TAMPOCO ENTRE NOSOSTROS.

El presente trabajo busca brindar un breve marco general de referencia acerca de las causas, antecedentes, evolución y consecuencias de la Revolución Mexicana.

Para entender la naturaleza de ésta, es necesario, desde el punto de vista dialéctico, conocer la diferencia entre dos conceptos: Movimiento y Revolución.

Según distinguido autor, “Revolución es el cambio fundamental de las estructuras económicas; es la transformación  total de un sistema de vida por otro completamente distinto”(1) en tanto que “ Movimiento, es el cambio parcial de las estructuras económicas, y total o parcial de las estructuras sociales, políticas o jurídicas ”(2).

Para Carpizo (3), los movimientos son clasificables en base a dos criterios que no obstante ser diferentes se entrecruzan y dan las diferentes clases de movimientos que conoce la historia:

1. Según su finalidad, el movimiento puede ser de índole político o social

1.1. El movimiento político puede perseguir un cambio de persona, principios jurídicos, sistema o independencia.

A) El cambio de persona puede perseguir la destitución de: un gobernante constitucional, un gobierno de ipso, un usurpador o un dictador.

B) El cambio de principios jurídicos, por su parte, puede perseguir la adición o supresión de ciertas normas: fundamentales, si se refiere a una decisión fundamental del orden jurídico; primarias, si la norma es de índole constitucional; y secundarias si es una norma no constitucional.

C) El cambio de sistema es la renovación de una forma de gobierno que determina una modificación profunda en el orden jurídico.

1.2. El movimiento de finalidad social, por otro lado, persigue que el hombre viva una vida mejor acabando con las injusticias sociales.

2.- Desde la arista de quien realice el movimiento, este puede ser efectuado por: el pueblo, por una clase social, por uno o más de los poderes públicos, por él ejercito o parte de él, o por una minoría ágil. Según algunos autores, los movimientos sociales siempre implican un cambio político, es decir, son una etapa más avanzada en el desarrollo de los movimientos.

Expuesto lo anterior es dable afirmar que los llamados cuartelazos, asonadas, motines, revueltas, etc., bastante numerosos en el pasado siglo en México, fueron movimientos con finalidades políticas cuyos ejemplos más ilustrativos se encuentran en los cambios de un sistema federal a un sistema central y viceversa, consignados en diferentes ordenamientos jurídicos de esa centuria.

En este orden de ideas, pocas revoluciones registra la historia; El paso de la esclavitud al sistema de servidumbre, del de servidumbre al sistema liberal burgués y de éste, en algunos países, al socialismo. En México, entonces, ¿es posible llamar revolución a los hechos ocurridos a partir de 1910?

La Revolución Mexicana de 1910, o de 1913, como lo han afirmado varios autores, es mal llamada Revolución. No existió una transformación fundamental, de esencia, en las estructuras económicas. En realidad fue un movimiento que en 1910 tuvo una finalidad política doble: derrocar a una persona y su proyecto (el dictador Díaz y lo que representaba hasta el momento) y llevar a la Constitución el principio de la no-reelección. Este movimiento político se convirtió en movimiento social en 1913, aunque el movimiento de Carranza siempre tuvo carácter político y -aclarando, en desacuerdo con algunos autores que sostienen que fue un movimiento efectuado por el pueblo, por que del pueblo partió la idea de las reformas sociales y no de quienes conducían el movimiento-, que desde el punto de vista de quién lo efectúo, se conjuga una clase social, uno o más de los poderes públicos, el ejército o parte de él y una minoría ágil.

Las causas motivadoras de éste movimiento político-social fueron, según opiniones generalmente aceptadas: el régimen de gobierno en el cual se vivió al margen de la Constitución; el rompimiento de ligas del poder con el pueblo que consecuentó la deplorable situación del campesino y del obrero; el gobierno central, donde la única voluntad fue la del presidente; la inseguridad jurídica en que se vivió, donde el poderoso todo lo pudo y el menesteroso no fue protegido por la ley; el uso de la fuerza tanto para reprimir huelgas como para aniquilar a un pueblo o a un individuo; haberse permitido una especie de esclavitud donde las deudas se transmitían de generación en generación; intransigencia política que se representó en la rotunda negativa a cambiar al vicepresidente para el período 1910-1916; la entrega de la economía nacional al elemento extranjero; y el raquitismo político de una clase media cuya intervención en los asuntos públicos era completamente nula.

A manera de antecedentes de este acontecimiento histórico, en términos generales podemos citar los siguientes: el Programa del Partido Liberal Mexicano; el Plan de San Luis; las Huelgas de Río Blanco, de Cananea y la Ferrocarrilera, y las rebeliones campesinas, el mismo proceso electoral de 1910.

A continuación, y siempre tocando los puntos salientes, trataremos la evolución o desarrollo del movimiento de que venimos hablando.

En 1901 se forma el grupo “Ponciano Arriaga” que dirigió Camilo Arriaga y de cuyo seno saldrían más tarde los redasctores del Manifiesto del Partido Liberal. Éste, expedido en 1906 en Saint Louis, Mo. por Ricardo y Enrique Flores Magón, Juan y Manuel Sarabia, Antonio I. Villarreal, Librado Rivera y Rosalío Bustamante, luego de examinar profundamente nuestra situación política, social, económica y religiosa. Marcaba los puntos concretos a realizar, los que en forma sintética, pueden agruparse en: libertad de expresión, reformas de tipo político, de carácter educativo, control sobre la iglesia católica, disposiciones de carácter económico y medidas tendientes a mejorar las condiciones de obreros y campesinos. Este Manifiesto proporciona la fuerza ideológica que necesitaban éstos últimos para concretar sus acciones traducidas en las huelgas de Cananea y Río Blanco, por citar algunas.

La efervescencia política, sentida en 1908 debido a la supuesta apertura política propiciada por el General Díaz, con motivo de las próximas elecciones, propició la creación de los Partidos “Democrático”, “Nacionalista Democrático” y “Antirreleccionista”, ideológicamente contrapuestos al Partido Releccionista.

Francisco I. Madero, quien junto con Emilio Vázquez Gómez dirigían al penúltimo de los nombrados, publica el libro “La Sucesión Presidencial en 1910” obra que causara gran inquietud en la opinión pública. Oriundo del Estado de Nuevo León, Madero persigue un fin político al procurar una transacción con el Presidente electo Díaz, aceptando que continuará en el poder pero cediera la vicepresidencia y parte de las curules y gobernaturas al partido antirreleccionista. Después de estériles diálogos conciliatorios entre Madero y Díaz, éste se reelige, y ocupa la Vicepresidencia Ramón Corral, mediante proceso un electoral fraudulento. Madero, luego de ser apresado arbitrariamente, se fuga a los Estados Unidos y expide en octubre de 1910, en San Antonio Texas, el Plan de San Luis, que convocaba a la Insurgencia con obvias implicaciones políticas y cuya fecha de inicio se preveía para el 20 de noviembre. Dada la persistencia del clima político, el movimiento armado estalló en tal fecha en diversas partes del país.

Madero, luego de diferentes hechos de armas, toma Ciudad Juárez declarándola capital provisional de la República; de declara Presidente legítimo de México e integra su gabinete con personajes como Venustiano Carranza y José María Pino Suárez.

Por su parte, Díaz luego de firmado los tratados de la Cd. Juárez y ante la fuerte presión política y social, renuncia y marcha en autoexilio a Europa.

Siendo Presidente provisional Francisco León de la Barra, se convoca a nuevas elecciones. Madero, quién creó el Partido Constitucional Progresista suprimiendo el Nacional Antirreleccionista, triunfa en las elecciones de noviembre de 1911, ocupando la Vicepresidencia de José María Pino Suárez. El gabinete nombrado por el nuevo Presidente causó gran descontento, pues defraudo a los representantes de los intereses y ambiciones de los representantes de los grupos que apoyaron a Madero (vgr.: de los ocho secretarios de estado solo tres eran revolucionarios); pero el error fundamental consistió en ratificar el sistema porfirista, pues no hubo cambios en el sistema burocrático, político, administrativo o social.

Madero olvidó los principios que lo habían guiado en la lucha, se desentendió de las demandas del pueblo, del sector obrero y campesino que le habían dado el triunfo. Pronto empezaron las sublevaciones: Zapata desconoció el gobierno de Madero y lanzó el Plan de Ayala, de contenido primordialmente agrario, reconociendo como Jefe Revolucionario a Pascual Orozco. Wilson, por su parte, luego de fraguar maquiavélico plan en contra de Madero, respondiendo a mezquinos intereses, logró hacerle renunciar obligadamente en febrero diecinueve de 1913, imponiendo a Huerta, que ya como Presidente Provisional se conviertió en un simple pero incondicional ejecutor de las acciones dictadas por la embajada norteamericana,. Huerta, quién juró  no atentar contra la vida de Madero, mandó matarlo junto con J.M. Pino Suárez, el 22 de febrero de ese año, culminado con ello la llamada “decena trágica”.

De esta manera se cierra un capítulo para abrirse otro en la historia que nos ocupa. Ante tales hechos, Carranza, entonces Gobernador del Estado de Coahuila, mediante manipulación del Congreso Local, desconoció al Gobierno de Huerta instando a otros Estados a sublevarse. Investido con facultades extraordinarias para legislar, luego de varios hechos de armas, expide el Plan de Guadalupe el 26 de marzo de 1913, firmándolo entre otros, Álvaro Obregón. Dicho documento, que según Carranza “no era de contenido social por motivos estratégicos”, contenía proposiciones tales como las de derrocar el espurio gobierno de Huerta y formar un ejército constitucionalista. Después de luchas armadas, Carranza llega a Hermosillo en septiembre 20 de 1913, organiza su primer gabinete y reordena su ejército. Los Estados del Norte ya lo apoyaban. Allí habla de crear una nueva Constitución que aparentemente respondería a las demandas sociales. No implicaba un cambio de hombres en el poder, solo “amplias” reformas sociales.

En tanto, Orozco se vendía a Huerta, por lo que fue desconocido por Zapata en Mayo de 1913. Ante las tensiones políticas entre el Congreso y el Ejecutivo que produjeron la muerte del senador Belisario Domínguez, entre otros, y una posible intervención armada norteamericana, la fórmula Huerta-Blanquet, descaradamente, se postuló como postulante a las elecciones extraordinarias celebradas en octubre de 1913, Ante el incontenible avance de las fuerzas carrancistas, la pérdida de apoyo por parte del gobierno norteamericano y la inminente invasión a Veracruz, Huerta, renuncia al poder.

A fines de 1913 el movimiento constitucionalista llega a su apogeo; con Obregón como ariete militar, tenía en sus manos dos tercios del país.

En agosto de 1914 Carranza entra a México. Sin embargo, hay discordias entre Villa y Zapata.

Ante la intransigencia de Zapata y Villa, Carranza convoca a una Convención en la Ciudad de México, en la que es ratificado como Primer Jefe de la Nación. Trasladada la Convención a Aguascalientes, donde ocurrieron serias divergencias entre el pensamiento zapatista y el carrancista. Al adoptar como bandera el Plan de Ayala, la Convención de Aguascalientes nombra como Presidente provisional a Eulalio Gutiérrez, mientras que el Jefe del Ejército Convencionista nombra a Villa, desconociéndose a Carranza, quien huye a Veracruz. Entretanto, Villa y Zapata entran a la Capital.

Desde Veracruz, en diciembre de 1914, Carranza adiciona el Plan de Guadalupe. El movimiento político se convierte forzadamente en social, por evidentes razones de carácter político, pues Carranza y su grupo perdían la partida. De tales adiciones se derivan la Ley Agraria de 1915, la Ley de Relaciones Familiares y la Ley del Municipio Libre, fuentes directas de las futuras reformas constitucionales.

Paralelamente a lo anterior, Obregón destruye a las fuerzas Villistas, con lo que se preparaba el regreso de Carranza a la Ciudad de México.

De está manera, el Congreso Constituyente de 1916-1917, causa final del movimiento carrancista y causa eficiente de la Constitución de 1917 hoy vigente, uno y otra consecuencia política del proceso a grandes rasgos descrito, condensaría las vertientes ideológicas surgidas antes y durante el movimiento político mal llamado “Revolución Mexicana”, y conciliaría, asimismo los intereses económicos, políticos y sociales que le dieron origen.

El principio de la no-reelección, la reforma educativa, la reforma agraria, el municipio libre y la legislación laboral, principalmente, fueron los logros incorporados a la Constitución. No obstante ello, ésta no instrumentó cambios significativos en la estructura del Estado, simplemente legalizó ciertas situaciones de facto, producto del Movimiento sentido.

Los regímenes post-revolucionarios, a ejemplo, han tenido que luchar para dar solución a los problemas no resueltos desde la época porfiriana. Tales soluciones, en su gran mayoría, han sido de carácter político y buscando aliviar solamente a corto plazo dichos conflictos.

La importancia reconocida entonces al sector obrero como elemento de impulso al desarrollo nacional explica el gran avance manifiesto en la seguridad social pero el olvido del primero se traduce también en la crisis de la segunda; la derrota de la facción agrarista ha significado la postrer opresión del sector campesino, quien no fue ni ha podido ser incorporado a la producción nacional. Para nadie es un secreto que la Reforma Agraria resultó en un rotundo fracaso y la política de la dádiva desde hace décadas hasta la fecha resulta inútil cuando no es contraproducente.

Las exigencias del sector social, por otro lado, provocaron el conocido proteccionismo de Estado, cuyo peso ha soportado fundamentalmente la clase media hasta su deterioro paulatino desde mediados de los años 70 hasta la fecha.

La reciente historia de México es un intento frustrado por acercarse al orden jurídico ideal insito en la Carta Magna y las leyes complementarias; un intento a modo de algunos gobernantes por modificar la normativa referente los cada vez más agudos problemas sociales, y un contra-ataque de otros buscando retroceder al estado que guardaban las cosas a mediados antes de la caída de Díaz. Todo esto en medio de enormes presiones internas e internacionales que condicionan el rumbo de cualquier política de tinte genuinamente nacionalista, obligando a la sumisión, voluntaria o no, del neoliberalismo, del cambio neo demócrata cristiano, o como se le quiera llamar.

Coincidimos en que México está en el umbral de una nueva etapa histórica en cuanto a su desarrollo integral, lo que hace necesario un profundo conocimiento de nuestro pasado para comprender la situación actual y dar un paso firme hacia el futuro. Sostenemos que nadie puede participar efectivamente del cambio si no es consciente de la esencia y el objeto de ese cambio al que tanto se invoca.

Los ciudadanos que tenemos conciencia de nosotros mismos como células de la comunidad política y de nuestro entorno social, jugamos un papel decisivo en dicho proceso de conocimiento y concientización; conocimiento del deber de construir y mantener una visión del Estado al que pertenecemos y debemos vivificar con nuestra participación activa; y conscientización de que todos somos uno y de que cada uno somos todos.

¿En qué medida la ciudadanía participará en la definición de la naturaleza y características del tan mentado cambio y del rumbo que este deberá tomar para que haya una verdadera modificación de las estructuras políticas, económicas y sociales que redunden en beneficio de los mexicanos?

Esta en todos y en cada uno de nosotros, dar respuesta a esta tan delicada interrogante.

Vicente Guerrero y el Prisma de las Historias

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Por Jose Ramon Gonzalez Chavez

* Texto preparado para la presentación del ciclo de conferencias “Vida y Obra de Vicente Guerrero”. Auditorio Sentimientos de la Nación, Chilpancingo Guerrero. 10 al 13 de agosto de 2015.

 

Un Estado en convulsión, inmerso entre el inminente arribo de la modernidad y la profunda crisis interna, política económica y social.

Un territorio de grandes riquezas, y una sociedad con grandes desigualdades, pobrezas y discriminaciones.

Un entorno político de violencia, enfrentamientos, deficiencias, necesidades, traiciones, pero también de potencialidades, oportunidades y esperanzas.

No, no estoy hablando del periódico de hoy, sino del entorno que envolvió la etapa insurgente por la independencia, que es más amplia en el antes y el después que el intervalo que comprende las fechas conmemorativas del 16 de septiembre de 1810 y el 27 de septiembre de 1821.

El Gobierno del Estado de Guerrero a través de la Secretaría General de Gobierno, lleva a cabo desde el lunes y hasta mañana jueves un ciclo de conferencias sobre la Vida y Obra de Vicente Guerrero, en las que se abarca desde diversas perspectivas la figura de uno de los defensores (quizá el más importante) de la Igualdad Jurídica, la República y el Federalismo.

No haré reseñas de las ponencias presentadas. En su lugar me permitiré hacer una reflexión personal respecto del valor de la historia como sujeto de conocimiento en la actualidad.

La ciencia, al menos desde los años 60´ del siglo pasado, incluyó como uno de sus requisitos indispensables la falibilidad de sus productos de conocimiento y eso –hay que decirlo- propició, entre otras muchas cosas, que hayamos avanzado en términos positivos más en 50 o 60 años que en todo el resto de la historia.

La consecuencia de esta modificación sustancial del concepto de ciencia ha sido una sensible relativización de sus principios fundamentales, a grado tal que en la actualidad llega a ser considerada como el mero ensayo de posibles soluciones a problemas mediante la proposición de conjeturas y su constante refutación.

Stephen Hawkin en su reciente libro “El Gran Diseño” refiere que bajo este piso tan viscoso en que nos ha dejado parados la realidad cognitiva, no tenemos más que aceptar un modelo que nos permita construir la realidad a partir de la conjunción de todas las verdades posibles.

En este contexto, al navegar como pasajeros del barco de la historia en la vida y obra de personajes ilustres como Vicente Guerrero, nos enfrentamos a la convergencia múltiples facetas, como si fueran las de un prisma: La historia de bronce, la de papel, la mitológica, la coloquial, incluso la poética, cada una con un fondo, una razón, una intención.

Con cuál de todas esas facetas hay que quedarnos? Pues si alguien pidiera mi opinión diría que siguiendo a Stephen Hawkin no me queda más que responder que con todas, pues como un prisma, como una piedra tallada, cada una de ellas me regala un aspecto único y hermoso, con todos sus claroscuros, de una misma pieza del gran joyero de nuestro pasado, caleidoscopio del cual, en nuestra calidad de humildes copropietarios todos, guerrerenses y mexicanos, nos hacen sentirnos cada vez más orgullosos del tesoro de nuestro pasado y ubicarnos en el centro del “aquí y ahora”, para entender, para no olvidar, para asumir.

Simbolismo del Escudo y la Bandera Naconales de México

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(Foto tomada por el autor en el Palacio de Gobierno de Chilpancingo, Guerrero)

Simbolismo del Escudo y la Bandera Nacionales de México
Por José Ramón González Chávez
Por supuesto que esto no será noticia hoy en los medios (como no hay escándalo…) ni “Trend Topic” en Facebook, comparado con asuntos mas “importantes” como los óscares, la detencion de narcos y esas cosas.
No obstante, quedo como siempre atento a sus comentarios, adiciones, observaciones, etc. en este espacio.
El texto fue publicado originalmente en la Revista “Derecho y cultura” y luego por el Instituto Tecnologico y de Estudios Superiores (Tec) de Monterrey.
Saludos JRG
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SIGNIFICADO SIMBOLICO DEL ESCUDFO Y LA BANDERA NACIONAL DE MEXICO
Por José Ramón González Chávez
Nunca se perderá, nunca se olvidará
Lo que vinieron a hacer,
lo que vinieron a asentar en las pinturas:
su renombre, su historia, su recuerdo.
Así en el provenir,
jamás perecerá, jamás se olvidará,
siempre lo guardaremosnosotros,
los hijos de ellos, los nietos, hermanos,
bisnietos, tataranietos, descendientes,
quienes tenemos su sangre y color,
lo vamos a decir, lo vamos a comunicar
a quienes todavía vivirán, habrán de nacer,
los hijos de los mexicas, los hijos de los tenochcas….
(Fernando Alvarado Tezozomoc, “Crónica Mexicayotl”)
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A mi madre.
. . . . . . . . . . . . .
En todas las culturas y las épocas, los grupos sociales, desde los clanes y tribus, hasta las comunidades de naciones, han tenido sus emblemas de unificación, tótems, banderas y escudos, creadores y mantenedores todos ellos de una conciencia de identidad colectiva. México no es la excepción:
La “enseña patria” –como también se le llama a nuestra bandera- es, de todos los emblemas nacionales, el más claro, contundente y definitorio de nuestra identidad como mexicanos. Tal vez por eso nunca reparamos en su profundo significado; en su grandilocuencia como símbolo de la nación a la que pertenecemos, como lo demuestra la poca o mejor dicho casi nula bibliografía dedicada a la consideración histórica de los símbolos que la integran y a cómo éstos se han ido fusionando paulatina pero constantemente a lo largo de los siglos.
La bandera es por supuesto, símbolo de identidad nacional. Sin embargo, en su confección simbólica, lo distintivo de la bandera mexicana es que es producto de la mezcla de alegorías provenientes de tres civilizaciones, distintas tanto en el tiempo como en el espacio: I) La indígena prehispánica, derivada de las mitologías olmeca, maya y azteca; II) la española, religiosa y colonial; y III) la franco-inglesa del liberalismo ilustrado.
Por eso nuestra bandera, símbolo nacional a todas luces mestizo, es el espejo fiel de nuestra identidad cultural multicolor y multiforme, refleja a la perfección nuestra identidad como mexicanos, como una sociedad única e irrepetible; ni mejor ni peor, sino distinta a las demás que existen en el orbe.
A continuación analizaremos cada uno de estos tres vectores de influencia:
I) LA APORTACION INDIGENA PREHISPANICA:
Son cinco los símbolos principales aportados por las culturas prehispánicas al escudo nacional y por extensión a nuestra bandera: 1. La Montaña Sagrada, rodeada de agua (Altepetl) 2. La Piedra de Fundación; 3. El Árbol Cósmico (Tunal); 4. El Águila; 5. La Serpiente;
1. La Montaña Sagrada:
Desde tiempos inmemoriales, la tierra, esa Terra Patria o tierra de los padres, constituyó el símbolo de identidad más íntimo y persistente entre los hombres. Desde las poblaciones sedentarias más antiguas hasta el “Blut Und Bloden” del 4° Reich, el derecho por la tierra y la sangre (ius solis y ius sanguini) se erige en fundamento jurídico de la nacionalidad, y aún en nuestros días puede verse, olerse y sentirse con claridad en fenómenos como la unión Europea, Irak, los Balcanes y hasta Chiapas.
En mesoamérica, entre 1500 y 800 antes de nuestra era aparecieron los primeros cacicazgos. Como en muchas civilizaciones de la antigüedad, el mito de la creación que acompañó a las fundaciones de estos señoríos narraba la aparición maravillosa de la Primera Montaña Verdadera, la colina que brotó de las aguas primordiales y que contenía en su interior el agua fertilizadora y las semillas nutricias que sustentaron a los primeros seres humanos.
Esta montaña primigenia, ya estaba presente entre los Olmecas y entre los nahuas, llamándola estos últimos Altepetl, (Atl-Agua, Tepetl-Cerro), vocablo que se traduce como cerro rodeado o lleno de agua, donde reposan las semillas fundamentales, término que llegaron a usar como sinónimo de Reino o Estado.
El glifo del Altepetl es significativo, pues la parte baja del cerro se dibujaba como una red cuadriculada con un círculo en el centro, y que era símbolo de la tierra.
Al centro la plaza ceremonial de la capital de cada reino -corazón simbólico de la patria-, se levantaba la Primera Montaña Verdadera, un montículo que dominaba el centro ceremonial de forma cuadrangular, acompañado por la plaza hundida, que simulaba el estanque donde reposaban las aguas primordiales y los edificios consagrados a los dioses protectores el gobernante supremo .
Así, el concepto de patria se vincula al de residencia ancestral, pasada, presente y futura; lugar donde se producen los alimentos esenciales del cuerpo, el alma y el espíritu; sitio donde transcurre la vida común, todo lo cual une a los miembros del grupo. De esta manera, tres sitios dominaron el entorno urbano prehispánico: la casa de los dioses (el templo, la vida espiritual), la de los comerciantes (el mercado, la vida económica) y la del emperador (el palacio, la vida política) y la ocupación de la tierra constituyó el derecho de propiedad supremo, el título más radical sobre el territorio
.
2.- La Piedra de Fundación.-
La Piedra (Tetl) asentada al centro de la Montaña Sagrada (Altepetl) no es otra cosa que el corazón de Copil, hijo de Malinalxochitl, hermana mayor de Huitzilopochtli, el colibrí del norte, dios tutor mexica (águila en el cielo de día, jaguar en el cielo de noche). Una vez, al pelearse Malinalxochitl con su hermano, fue apartada de la tribu, yendo a refugiarse a Malinalco, donde procreó a Copil, alimentándolo con el odio que le profesaba a su Hermano.
Cuando los mexicas se asentaron en Chapultepec (otro cerro de agua) y comenzaron a ser hostigados por los pueblos vecinos, Copil comenzó a sublevar a los pobladores de la cuenca contra el dios-rey. Copil subió a la cima del cerro para contemplar la destrucción de sus enemigos. Sin embargo, Huitzilopochtli, enterado del plan de su sobrino, se adelantó y lo capturó, y él mismo lo decapitó, le arrancó el corazón, entregándolo a uno de sus sacerdotes, quien lo lanzó lo más lejos que pudo, yendo a caer en el Altepetl ubicado en el centro de la laguna, y convirtiéndose en la piedra de donde nació el nopal, que reprodujo su corazón en miles de tunas rojas. La leyenda sugiere entonces que Tenochtitlan fue fundada sobre el corazón de los enemigos de Huitzilopochtli y por extensión, del pueblo Mexica.
De hecho, la palabra Tenoch bien puede ser una combinación de las palabras Tetl y Nochtli (Piedra – Tuna). En ese mismo sentido, el término Tenochtli significa la tuna nacida de la piedra sagrada y Tenochtitlan seria “el lugar del tunal que nace de la piedra sagrada”.
Como dato curioso podemos señalar que desde sus primeras representaciones, este símbolo de la Piedra aparece decorado con tres franjas diagonales entrelazadas de color verde, blanco y rojo, mismo que por cierto está presente también en el icono de la virgen de Guadalupe.
3. El Árbol Cósmico:
Los mayas representaban este eje fundacional, con la planta del Maíz. También dibujaban los cuatro rumbos del cosmos con árboles propios de su región, heredando esa tradición a los demás pueblos mesoamericanos. De ahí nació probablemente la costumbre de representar a cada región por su árbol emblemático. Así, tal como la Ceiba representaba la región maya, las tierras situadas al norte de Tenochtitlan fueron representadas por el Cactus, de tal suerte que los Mexicas, provenientes del norte, adoptaron el Nopal como su árbol emblemático.
La tuna, fruto de pulpa jugosa, calma el hambre, y su jugo colorado calma la sed. Por tales características ocupó un lugar privilegiado en la iconografía sacrificial de los aztecas, pues representó el corazón humano y más precisamente, el corazón de los sacrificados al sol (cuanochtli), siendo su jugo emblema de la sangre (chalchihuatl), esencia vital, soma, elixir sagrado. El códice florentino dice al describir la tuna: “Los corazones de los cautivos sacrificados los llamaban , las preciosas tunas del águila. De modo que en la imagen y los símbolos de la fundación de Tenochtitlan la tuna aparece asociada con el sacrificio de corazones para alimentar al águila, al sol, Tonatiuh, la deidad nacional mexica.
4. El Águila.
El águila, elemento “Yang” de los escudos mexicas, es el águila dorada (aquila crisateos), ave que defiende su nido como ninguna, se aparea con su pareja de por vida, es monógama. Entre los pueblos cazadores, anteriores incluso a los aztecas, era un símbolo solar tradicional, que aludía a la fuerza violenta.
En el emblema mexica, los símbolos de guerra: el Atl Tlachinolli (el himno de guerra cantado por el águila) y los escudos y las flechas están asociados con el águila, y aluden a la guerra sagrada que nutre al sol con corazones humanos y asegura el equilibrio cósmico.
5. La Serpiente:
La Serpiente apegada a la tierra, es en cambio símbolo terrestre, elemento “Yin” entre los pueblos agrícolas. Está relacionada con la vida en sus aspectos positivo (fertilidad) y negativo (muerte). Tlaloc “el que hace brotar la vida”, tiene un ato de serpientes en una mano. Xiutehcutli es la tierra-ígnea (xiu = fuego, lengua de serpiente) . La sangre de la serpiente fertiliza la tierra.
Un fragmento del canto de la diosa tierra de los mexicas reza: “… el águila está parada con su sangre de serpiente…”
En conjunción, la imagen del águila que lucha contra la serpiente, en su sentido histórico expresa la batalla que libraron los guerreros contra los agricultores que poblaban la cuenca de México, con lo cual, en términos exotéricos el emblema de Tenochtitlan es una exaltación de la guerra que permitió construir el poder de la nación mexica. Pero en el Nahuatlatoli, lenguaje esotérico de los mexicas, al contrario de la creencia vulgar (divulgada a partir de la colonia para hacer congruente el símbolo con los preceptos católicos), el águila no devora a la serpiente, sino que lucha junto con ella; están en igualdad de fuerzas y por tanto en las mismas posibilidades de vencer. Es el símbolo de la victoria por la lucha de los contrapuestos, o más bien en términos herméticos, de los correspondientes y complementarios; del Ser (Yang) y del Espíritu (Yin), que en lucha permanente generan y mantienen la Vida en perpetuo movimiento (tai-chi).
El Edén maya, donde se creó el maíz y nacen los niños, se llama Tamoanchan, que quiere decir “La casa del Águila (Cielo) y la Serpiente (Tierra)”. En el mito maya, el Águila trajo la sangre de la Serpiente, que al mezclarla los dioses con el Maíz formaron la masa con la que hicieron al Hombre.
Los peregrinos de Iztlan (la ciudad blanca, origen y destino de los aztecas) son tamoanchanes gentilicio que significa “procedentes del lugar del águila y la serpiente” (así también se nombraba a los olmecas).
Cuando los mexicas vencieron a los tepanecas en 1427, se convirtieron en la mayor fuerza política de la cuenca de México y fundaron la llamada “Triple Alianza”, junto con Texcoco y Tlacopan, Confederación imperial que adoptó íntegro el símbolo como estandarte nacional. Cada vez que se conquistaba un pueblo, se colocaba el blasón en la cima de su templo principal, a fin de representar: a) la legitimidad de la ocupación territorial; b) la unidad de la confederación; y c) la obsesión por la grandeza futura. De esta manera, el símbolo mítológico se convirtió en insignia universal del Estado Mexica.
II) LA APORTACIÓN ESPAÑOLA COLONIAL:
Al fundar los conquistadores su ciudad sobre los escombros de México-Tenochtitlan, la ciudad antigua se transformó en “Historia de la nueva”. Los cronistas que cuentan los avatares de la nueva fundación, regresan siempre casi obligadamente a la crónica de la antigua ciudad y nación; La visión ancestral permea, sobrevive y en ciertos aspectos se impone y vence a la nueva , a pesar del esfuerzo de los españoles por imponer su cultura a la prehispánica.
Al principio de la conquista, los españoles llamaban a la ciudad “Temixtitan” (degeneración lingüística de Tenochtitlan), pero luego se decidieron por el nombre más sonoro de México; el reino, en cambio, le llamaron “Nueva España”. Esto a la larga suscitó pugnas por imponer un concepto al otro, rencores y enfrentamientos que no fueron resueltos sino hasta bien entrado el siglo XIX ala consumación de la independencia, triunfando el nombre y el símbolo prehispánicos.
Al principio de la colonia, el nombre de México se uso en distintas regiones de la Nueva España; muchos topónimos retomaron el apellido de la capital: el mar de la costa atlántica fue llamado “Golfo de México”, el territorio más al norte del reino fue nombrado desde entonces y hasta la fecha “Nuevo México”, solo por citar unos ejemplos.
1. El escudo de armas de la Ciudad:
El 17 de diciembre de 1527 Carlos V de España, I de Alemania, decide darle escudo de armas a la ciudad conquistada . Este resultó ser una mera copia de sus similares castellanos. Del antiguo emblema indígena solo sobrevivió el pálido reflejo de la laguna y las hojas sueltas del nopal, desprendidas del árbol mitológico. Pero al imponer el peso de la tradición heráldica hispana y borrar prácticamente la indígena, el nuevo escudo, en lugar de propiciar cohesión, desencadenó una serie ininterrumpida de rechazos, que se convirtieron en un problema para los políticos gobernantes y para los clérigos de la ciudad, que tenían que lidiar día tras día con la población nativa, con cuyos brazos se edificaba la nueva ciudad. De hecho el escudo imperial tampoco resultó del gusto de los conquistadores y sus descendientes, dados a ensalzar la grandeza, las virtudes y riqueza de la ciudad antigua. En fin, unos se resistieron a usarlo y otros de plano se afanaron en reemplazarlo; el caso es que nadie estuvo de acuerdo con él.
Ante tal problema, el gobierno de la ciudad encontró una solución burocrática: Ya que el escudo imperial carecía del “timbre insignia” (en ese entonces era necesario que todo escudo llevara este distintivo en la parte superior), así que el ayuntamiento le añadió el escudo nativo del águila y la serpiente sobre el tunal. Así por un golpe de prestidigitación política, el escudo mexica se sobrepuso a la heráldica hispana.
No conformes con esta decisión, los mismos habitantes de la ciudad presionaron a las autoridades locales para construir una fuente en medio de la plaza mayor, coronada con el emblema mexicano.
Los clérigos sensibles a la idiosincrasia y el sentir del pueblo, notaron sin problemas el apego de los mexicanos a su emblema, y prestos se dieron a la tarea de incluirlo en la iconografía de sus iglesias y pinturas.
El Virrey Palafox, alarmado por el rechazo de la población a las insignias imperiales, ordenó suprimir el escudo mexicano y quitar el águila de la fuente, sustituyéndola por “imágenes cristianas”. Sin embargo, la medida no tuvo el éxito esperado, pues los mexicanos siguieron usando su escudo tradicional.
Con el tiempo, las inconformidades calladas se volvieron oposiciones rebeldes: comenzó una guerra de símbolos sin tregua, que se agravó cuando se empezaron a representar a los continentes con figuras de mujeres ataviadas con ropas y ornamentos propios de cada uno de ellos, que si bien eran llamativos para los europeos, para los novohispanos resultaban realmente ofensivos.
A fines del siglo XVI, el clero, funde la imagen mexica con la de la virgen de Guadalupe. Los íconos europeos de América, fueron sustituidos por imágenes de rasgos indígenas. Esta reivindicación étnica-social de las imágenes tuvo un claro sentido político, pues con ellas la burguesía criolla pretendía transmitir una situación de igualdad política entre ambos reinos.
El teólogo nacionalista Miguel Sánchez, relator del “milagro” de Juan Diego y la Virgen, es también el creador de la unión mística entre el símbolo del águila y la serpiente y el de la virgen de Guadalupe, llegando a afirmar que dicho milagro estaba prescrito en las sagradas escrituras, con lo que mezcló este ícono con el Apocalipsis de san Juan y las tradiciones mexicas.
El poder de la imagen rebasa al de las palabras y los sermones. Comienza la “fiebre” nacionalista Mexicano–Guadalupana. Para inicios del siglo XVIII las ciudades se habían transformado física y socialmente en núcleos de población mestiza. La burguesía local, creciente en número y poder económico, comenzó a buscar una identidad propia, y en ese afán rechazó los símbolos hispanos y dirigió la mirada de vuelta a los emblemas tradicionales de la antigua capital. En 1737 la Virgen de Guadalupe es declarada patrona de la Ciudad de México y una década después, de la Nueva España. Vuelve entonces a usarse el emblema del águila y la serpiente como timbre del escudo colonial, y es aceptado ya no solo por mestizos, también por criollos, indígenas y las mismas autoridades virreinales, quienes ahora lo defienden.
La progresiva penetración del escudo mexicano en el imaginario colectivo y en los diferentes niveles y bloques de poder, abrió las puertas de la iglesia que antes lo repudiara como símbolo de hereje idolatría; ahora buscaría y conseguiría reconciliarlo con los símbolos de la iconografía cristiana. Se publica entonces la biografía de San Felipe de Jesús (hasta hace poco único santo mexicano) y en la portada del documento se coloca junto a la imagen de este personaje el águila y la serpiente; se empieza a divulgar la idea de que Santo Tomas en forma de Quetzalcoatl vino a México a predicar y difundir la “verdadera religión”, mucho antes de que Colón llegara a este continente. Algo similar sucedió con San Juan Evangelista, al afirmarse que la visión que tuvo en la Isla de Patmos, fue realmente la de la aparición de la virgen y la fundación de México Tenochtitlan(!!!); se empieza a representar a la virgen flanqueada por Juan Evangelista y Juan Diego (que sustituye a la antigua mujer indígena) a cada lado.
En una especie de simbiosis política, económica, social, cultural y religiosa, tendiente a la conformación de una nueva identidad nacional, nace la orden secreta de corte masónico de los “Guadalupes”; Clavijero escribe su historia de México, añadiendo por primera vez la parte de la historia prehispánica y colocando en la portada el emblema mexica. En una forma poco usual, los conceptos de territorialidad, soberanía política, protección divina e identidad nacional se hacen fundir en un símbolo religioso prehispánico colonial. La conversión de los indígenas al catolicismo por fin triunfa 200 años después de la conquista(!).
Así, las identidades mestiza y criolla fundan el “espíritu mexicano”, que descansa y se afirma en la doble imagen de la virgen de Guadalupe y del escudo mexicano.
2. Las Ramas de Laurel y Encino:
En este contexto, la academia de san Carlos creada por los Borbones para imponer el estilo neoclásico en la Nueva España, toma como uno de sus principales íconos el escudo mexicano, agregándole las ramas de laurel y de encino. Le siguieron la Casa de Moneda y la Aduana.
Surge el primer medio de comunicación social: la “Gaceta de México” que tenía en su portada al águila y la serpiente, agregando arriba de la primera una estrella y una corona real, con lo que se alude ya a la intención de crear un imperio propio, independiente del español y de que la Ciudad de México fuera la representante del conjunto.
La “fiebre nacionalista”, de la cual se impregnan incluso extranjeros como el Historiador Lorenzo Boturini, llega a su clímax. En los primeros años del siglo XIX apenas momentos antes de que diera inicio el movimiento de independencia, se coloca el águila y la serpiente en las portadas de las catedrales de México y Morelia.
III LA APORTACIÓN LIBERAL.
Los dos legados culturales e iconográficos del escudo mexicano y de la Virgen de Guadalupe convergen a fines del siglo XVIII y principios del XIX en el anhelo de crear un Estado independiente de España, fundado en los ideales de la ilustración europea.
Llega Napoleón a España; Fernando VII abdica y sale al exilio. El anticlericalismo se expande hacia las colonias. Las Cortes de Cádiz emiten decretos contra el poder temporal de la iglesia. Se suprimen los fueros eclesiásticos; las órdenes monásticas y la compañía de Jesús son abolidas; desaparece la inquisición.
Los conservadores novohispanos consideran esta situación riesgosa y empiezan a contemplar la perspectiva de la separación política de España. Primo de Verdad proclama la radicación de la soberanía de la nueva España en los ciudadanos que la integran; Hidalgo usa el Estandarte de la Virgen de Guadalupe como símbolo del inicio del movimiento armado.
1. Los colores de la bandera:
Iturbide lanza en 1821 el plan de Iguala cuyo objeto “trigarante” era la conservación de la Religión católica sin tolerar otra, la Independencia bajo la forma de Monarquía Moderada, y la Unión entre Criollos y Españoles. A estas tres garantías, aluden en términos profanos los colores de la bandera con que se consumó la independencia.
En franjas diagonales, el blanco simbolizaba la pureza de la religión católica; el verde representaba la esperanza de los ideales del movimiento insurgente, o sea la independencia; y el rojo al grupo español adherido al impulso libertador. La virgen y el águila habían desaparecido (la patrona de los realistas era la virgen del Pilar).
Ante la traición de Iturbide al movimiento social de insurgencia, renacen en este amplio grupo de la población los emblemas indígenas. En reacción, Iturbide decreta la cancelación del escudo de armas español y la sustitución por el emblema mexicano. Casi de inmediato a este decreto, emite otro en el que se dispone que la bandera mantenga los mismos tres colores pero en franjas verticales verde, blanco y rojo (al estilo francés) y con el águila al centro, pero sin serpiente y tocada con una corona imperial, con el perfil hacia el rojo (España).
La declaración de Independencia significó también el fin de la guerra civil. El emblema mexicano también fue aceptado por la iglesia, que apoyo la consumación de la independencia en la Profesa y la coronación de Iturbide. En 1822 la organización de los Guadalupes se convierte en Orden Imperial. El discurso político acorde a la línea de Fray Servando, se orienta a justificar el imperio como mecanismo de restauración de aquel que fuera derrocado tres siglos antes por los españoles. Era la restitución del cetro de Moctezuma, la “resurrección de América”. Se anunciaba en todo el territorio que se había restablecido el imperio más rico del mundo. Pero en la realidad, detrás de la monarquía se mantenían los poderes reales: La burguesía, el ejército y el clero.
Iturbide abdica en 1823 y con la Forma de gobierno Federal se restablece el emblema mexicano, ya sin corona y con el perfil hacia el Verde (la esperanza insurgente). Despojado de todo sentido religioso, la bandera nacional se convierte en el primer emblema cívico, no religioso, que unió a la antigua insignia indígena de los mexicas con los principios y las banderas surgidas de la guerra de liberación nacional y con el pensamiento occidental de la ilustración.
Sentido Esotérico:
Tal como sucedió en muchas naciones de Europa y América, las sociedades secretas, en especial la Francmasonería, jugaron un papel muy importante en el diseño del lábaro patrio, no solo al incluir emblemas alusivos a la Libertad, la Igualdad, la Fraternidad, sino también elementos de lo que René Guénon denomina como el simbolismo sagrado tradicional.
La forma de la bandera atiende en su confección al número de oro pitagórico (tres tantos de alto por 4 de ancho). Masónicamente, los colores de los tres tramos verticales de igual dimensión, corresponden a los tres grados simbólicos: Aprendiz (blanco, el alma, escencia humana)), Compañero (Verde, la sabia, escencia vegetal) y Maestro (Rojo, la sangre, escencia animal), y alquímicamente al azufre, el mercurio y la sal.
Respecto del mencionado conocimiento sagrado universal, el conjunto simbólico formado por el águila y la serpiente se encuentra en infinidad de culturas y disciplinas, por ejemplo, en la mitología china, persa, egipcia, en la alquimia, solo por mencionar algunas.
En cuanto a los colores del lábaro patrio, éstos se encuentran vinculados profundamente al conocimiento alquímico: Por una parte, la involución vegetal, de energía centrípeta (yin), cuya esencia interna es la sabia (verde), se desarrolla a expensas de la energía solar, por medio de la función clorofílica.
Por otra, la evolución animal, de energía centrífuga (yang), cuyo medio interno es la sangre (rojo), se desarrolla en las criaturas por la energía anímica. Ambos mundos presentan un aspecto dualista de alto contenido simbólico y hermético y esta circulación de energía vital de ambos reinos refuerza singularmente el valor esquemático del nopal/tuna y el águila/serpiente del escudo.
La simbiosis de ambos reinos, del binomio verde y rojo, se resuelve en el blanco de la Sal (centro, ollin, movimiento, energía interior, Chi), color del tramo central de la bandera (reino mineral, de nuevo la tierra) y que representa la pureza de la Luz de la vida manifestada (blanco) con la que se restaura el equilibrio del mundo.
IV. CARACTERISTICAS D ELA BANDERA ACTUAL.
Tres características distinguen al emblema mexicano:
1. El predominio de los símbolos antiguos sobre los recientes: la regla es que lo antiguo es lo más sagrado. El emblema indígena ha probado ser capaz de resistir los efectos destructivos del paso del tiempo y de los gobernantes. El antiguo blasón indígena se ha impuesto al embate de otros símbolos que en distintos momentos han amenazado con usurpar la representación nacional.
2. Ese emblema es asimismo, un símbolo de la resistencia indígena que enfrentó a la invasión española y todos sus excesos. Quizá por eso concentró en él las nociones de legitimidad y defensa del territorio autóctono. Su característica fundamental es su representatividad, su capacidad para convocar a grupos y clases diversos.
3. El emblema del águila y la serpiente al mezclarse con el de la virgen de Guadalupe e infundirle a esa imagen un acentuado sello de mexicanidad, se transformó en un catalizador mítico que afirmaba la identidad indígena con el pasado remoto. Y para los criollos y mestizos vino a ser un puente entre su presente incierto y un pasado iluminado por el prestigio de la antigüedad. De este modo el emblema indígena comunicó a estos grupos entonces tan distintos, una imagen del pasado que reunía las nociones de origen, parentesco, grandeza, vitalidad, legitimidad y prestigio.
La sociedad, al establecer comunicación con su imagen triunfa sobre el tiempo, crea su historia, se constituye a sí misma y garantiza su viabilidad. De tal suerte, el grupo es capaz de participar de su propio pasado, lo asume vivo, convive en una especie de comunión mística con aquello que le dio existencia. En suma, los mitos son para la mentalidad primitiva tanto una expresión de la solidaridad del grupo social consigo mismo en el tiempo y con otros seres que lo rodean, como una forma de perpetuar y reavivar el sentimiento de esa solidaridad.
La historia mexicana muestra que los símbolos visuales han sido los transmisores más eficaces de los mensajes políticos y culturales. Esta forma de ver nuestros símbolos de identidad contradice la tesis de los historiadores y antropólogos que afirman que la conquista española hizo tabla rasa de las antiguas culturas mesoamericanas. No lo hizo, ni lo hará.
Conjuntos simbólicos como el del escudo nacional han resistido con éxito la invasión de distintivos extranjeros y a la postre se han impuesto sobre ellos. El escudo mexicano deja de ser representativo de una un etnia para convertirse una divisa colectiva. A diferencia del emblema guadalupano, el escudo nacional es un símbolo pagano, prfundamente popular, transmisor de un mensaje de identidad que apela a la unidad histórica de la nación.
La independencias de Estados Unidos de América y la revolución francesa aceleraron la formación del nacionalismo moderno y sus emblemas. Pero al estamparse la antigua insignia de los mexicas en el blanco de la bandera tricolor, se conservó la individualidad de la representación nacional. Al acudir a la fuerza del emblema indígena de raíces milenarias, se logró la unidad nacional y su proyección hacia el futuro.
Las identidades colectivas no son entes inmutables cristalizados para siempre en el tiempo. Por el contrario, son concepciones constantemente recreadas y cambiantes. Al mantener el oído atento a los murmullos del pasado y a los asedios del presente no puede olvidarse la amonestación del Alfonso Reyes:
“…Nos une la profunda comunidad de la emoción cotidiana ante el mismo objeto natural. El choque de la sensibilidad con el mismo mundo, labra, engendra un alma común. La emoción histórica es parte de la vida presente y sin su fulgor, nuestros valles y nuestras montañas serían como teatros sin luz. No le neguemos al poeta la evocación, no desperdiciemos la leyenda. Si la tradición nos fuere ajena, está como quiera en nuestras manos y solo nosotros disponemos de ella…”
BIBLIOGRAFIA:
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